De cómo contaminaron todo: el río que fue orgullo y hoy es temor

Por: María Guadalupe Franco Corona (@elevanhelista)

I

15 de abril 2016.- Durante el verano de 1978 la luz del sol se reflejó en las escamas de cientos de peces que flotaban en las aguas aceitosas y pestilentes del río Santiago.

“A mí (Estela) me tocó sentir, hace unos treinta o cuarenta años más o menos, el olor a ese huevo podrido tan tremendo… pero demasiado, demasiado fuerte el olor y a la mañana siguiente el río estaba con una capa de peces muertos; fueron unas dos o tres veces que sentíamos el olor y despertábamos así, mirando el río, después ya no volví a ver vida y al ratito nos quedamos absolutamente sin agua limpia, sin aire puro, sin nada absolutamente”.

Eran las consecuencias del drástico desajuste ecológico que originaron los cambios de principios de siglo XX. Prometían progreso y prosperidad, dos ideales que cegaron a la población y enriquecieron a las empresas y a los gobernantes, pero nada más.

“Yo (Gloria) recuerdo la primera gran mortandad de peces en el río aproximadamente en 1978-1980, para mí fue impresionante como atravesando o caminando por el río se veían no cientos, miles de peces flotando por la superficie y yo me preguntaba ¡Qué pasó?, ¡Qué sucedió?”.

Casi un lustro después de la catástrofe y pese a que cada año se agrava el problema de la contaminación, el número de habitantes en los municipios más próximos a su cascada (El Salto y Juanacatlán) crece vertiginosamente buscando empleo en el corredor industrial y cubículo en fraccionamientos que crecen como mala hierba.

Cascada el salto de Juanacatlán, antes de la contaminación. Foto: Especial

Cascada el salto de Juanacatlán, antes de la contaminación. Foto: Especial

II

Lo que duele es la memoria de una mejor calidad de vida, un sueño que se pierde con quienes lo vivieron y que algunos recuperan en sus nostálgicas conversaciones: “soy (Gloria) parte viviente de las épocas maravillosas de este río, era un río con un caudal precioso. Era un río de atención turística a nivel internacional”.

La población vivió por generaciones en relativa armonía con la naturaleza, respetando el equilibrio del ecosistema y disfrutando de lo que consideraban un obsequio:

“Yo (Víctor) recuerdo que antes te llevabas tu bote chilero de esos de los chiles jalapeños, tú sabías que te podías llevar zanahorias, papas, calazas y estabas seguro de que ibas a consumir un caldito sabroso”.

No había necesidad de ganar un salario para comer, las personas vivían de lo que cultivaban en el cerro:

“Me tocó (Gustavo) ir a las tareas, te contaban cuarenta pasos dobles y te decían: ‘me vas a limpiar toda esta zona’ y agachado me tocó recoger garbanzo, frijol, guazanas… y luego sembrar maíz, pisca y moler para la masa de las tortillas”, en la ribera o en sus casas de adobe.

Cascada el salto de Juanacatlán, antes de la contaminación. Foto: Especial

Cascada el salto de Juanacatlán, antes de la contaminación. Foto: Especial

Habitaban entonces un espacio de pasmosa biodiversidad. “Antes (Pedro) veíamos venados, coyotes, ocelotes…” y dónde no había mayor placer que el de observar el paisaje en silencio o hacer travesuras en los recovecos de la cascada. “Esto era un paraíso, ibas a la barranca y te atascabas de frutas; nos metíamos (Gustavo) a bañar y nos metíamos a hacer pendejada y media”.

“Yo (Héctor) tengo muy gratos recuerdos del río, todos los chavos que vivíamos en El Salto y Juanacatlán ahí nos enseñamos a nadar”.

Los árboles originarios cubrían sus necesidades alimentarias: “Era de subir al cerro y bajar con cubetas llenas de mangos, guayabas, limones, nopales y hasta aguacates… vieras (Elena) antes del temporal de lluvias, ahorita todavía se da el guamúchil pero antes me acuerdo que era más sabroso”.

La primer hidroeléctrica de Latinoamérica, en El Salto. Foto: Especial

La primer hidroeléctrica de Latinoamérica, en El Salto. Foto: Especial

III

A principios del siglo XX la fuerza de la caída de agua de 27 metros de altura y 167 de ancho se aprovechó para generar electricidad con la construcción la segunda planta hidroeléctrica en el mundo. Este proyecto representó el principio del fin.

“Nosotros (Gloria), el municipio tuvo la fortuna de tener ahí, a un lado del río la primera planta hidroeléctrica de América Latina”.

“El río funcionaba bien, (Gustavo) correcto y empezaron a fincar muchas fábricas”.

Crecieron como otrora la verdura en la ribera, un pequeño ingenio por aquí, la fábrica de Hilados y Tejidos Río Grande por allá, colonias de obreros que ofrecían servicios básicos a sus habitantes y dividieron en dos clases a las personas, agricultores que observaban preocupados los cambios y continuaban con sus tareas e industriales que recibían un salario y pagaban sus cuentas.

La planta hidroeléctrica de El Salto, en ruinas. Foto: César Octavio Huerta

La planta hidroeléctrica de El Salto, en ruinas. Foto: César Octavio Huerta

“Yo (Gustavo) conocí a esa gente que sembraba y a esa gente que trabajaba en las fábricas, se creían la mamá de los pollitos, pero los que se creían más eran los que venían picados de gringo de Estados Unidos. Llegaban con sus carrotes, con sus camionetas partiendo plaza y con su musicota y al último terminaban vendiendo la carcacha aquí al mejor postor y se iban de méndigos” porque la prosperidad no había llegado y muchos desempleados habían decidido apostarle al sueño americano.

Actualmente más de un tercio de la población está desempleada, las personas que viven cerca de las fábricas no se les contrata, es un requisito para la mayoría de las empresas contratar gente de fuera. Quienes desde siempre han vivido en el poblado son comerciantes u ofrecen servicios de transporte y educación básica. De la salud es difícil hablar pues pese a los riesgos a los que se exponen sus habitantes apenas existe una clínica del IMSS de tercer nivel dos instalaciones de servicios médicos y dos centros de salud que difícilmente se organizan para atender la demanda cada vez mayor.

“(Sofía) aquí, la contaminación es muy alta, la enfermedad y la muerte también hay mucha, lo que no urge para contrarrestar amenazas como el cáncer son servicios de salud”.

Cascada el Salto de Juanacatlán, lugar por donde pasa el río Santiago. Foto: César Octavio Huerta

Cascada el Salto de Juanacatlán, lugar por donde pasa el río Santiago. Foto: César Octavio Huerta

IV

En 1958, obreros adheridos a la CTM exigieron que el poblado fuera promovido como municipio industrial, la exigencia fue recogida por Juan Gil Preciado. El Salto comenzó así su desarrollo industrial. El progreso eran las olas de asalariados que viajaban a sus empleos en transportes de la compañía y gente que viajaba en destartalados vehículos públicos.

“Le nombraba uno (Marcelina) a los camiones los Chileros, no les decía uno camiones, le nombraba uno “Ya llegó el chilero, amos” y no había carretera como ora, allí nos bajaba y ya pasaba un tren y ya nos subíamos al tren para que nos llevara a Guadalajara”.

Pasaron los años y la rivera se llenó de multinacionales. Alrededor de doscientas setenta fábricas productoras de plásticos, alimentos procesados, electrónica y comunicaciones, materiales de construcción, piezas automotrices, productos de limpieza y otros continúan sus actividades en los alrededores.

“Pienso (Esteban) que si las empresas trataran los deshechos de forma segura y hubiera regulación por parte del gobierno quizás el problema no sería tan serio”.

Fraccionamiento en las orillas del río Santiago. Foto: César Octavio Huerta

Fraccionamiento en las orillas del río Santiago. Foto: César Octavio Huerta

Ocurre que por ahorrarse el coste del tratamiento de agua y valerse de la corrupción para llevar a término sus inversiones, vierten desechos altamente tóxicos a las aguas todos los días o colocan en pozos clandestinos los residuos sólidos contaminando tanto la cuenca principal como los mantos acuíferos con aceites, metales pesados, materia fecal (pues Las descargas domésticas de la zona metropolitana llegan a la cuenca), gases tóxicos, basura y deshechos de los rastros municipales que contribuyen al desastre.

No sólo las familias que desde generaciones viven a los alrededores del río están en riesgo de contraer enfermedades mortales y ven menguada su calidad de vida por los tóxicos que contaminan el agua, el aire y el suelo; sino también los incautos que han llegado con la promesa de rentas a bajo costo o un techo propio en fraccionamientos de los alrededores.

Las constructoras destruyen cientos de hectáreas de bosque para zonas habitacionales con materiales de baja calidad y deficiente acceso a servicios básicos. La amenaza continua presente luego del proyecto de una autopista de cuota de cuatro carriles de ancho y ciento doce kilómetros de longitud que circundará la periferia de la ZMG de la autopista Lagos de Moreno en Zapotlanejo a la de Tepic en El Arenal y cuyos terrenos en sus orillas “ya están (Enrique) en la mira de las constructoras, quienes ofrecen a los ejidatarios sumas por la compraventa de esos espacios”. Los incendios forestales que son muy frecuentes en verano se multiplican por esta razón.

“(Pedro) Pues aún se sigue dando, ahí mira, allá están estos que van a pagar… mira, échale lumbre a ese potrero y luego al rato ahí vienen los tales por cuales a pagar tierras” en las condiciones en que se encuentra el medio ambiente es indispensable la vegetación y no se puede dejar de lado su defensa, se trata de la vida, de toda la vida.

Un grupo de jóvenes observan un canal contaminado que desemboca en el río Santiago. Foto: César Octavio Huerta

Un grupo de jóvenes observan un canal contaminado que desemboca en el río Santiago. Foto: César Octavio Huerta

V

Grupo El Roble y Un Salto de Vida A.C. se dedican a difundir soluciones a la problemática ambiental a través de documentales participativos, festivales, mercados sustentables, campamentos de capacitación y reforestación para afrontar la crisis con alternativas viables más allá de la presión a los grupos de poder.

El objetivo de estas acciones es concientizar a la población y conseguir que también se involucre. “(Pedro de Anda) que el ser humano no esté… que no lo entuman, que no lo acalambren, que lo dejen libre para que pueda hacer lo que se debe porque nada más tenemos una cosa para vivir: el aire, el medio ambiente”.

Estas asociaciones ofrecen a la población alternativas desde la propia familia. “(Enrique Enciso) Estamos aprendiendo a sembrar árboles de la zona, hacen mucha falta. Si tuviéramos allá por la orilla del río, una barrera muy ancha de árboles eliminaríamos los vapores y los olores tóxicos”.

Sofía, de Un Salto de Vida A.C., es una de las impulsoras de un cambio social en su comunidad. Foto: César Octavio Huerta

Sofía, de Un Salto de Vida A.C., es una de las impulsoras de un cambio social en su comunidad. Foto: César Octavio Huerta

Con la certeza de que siempre se puede hacer algo, Sofía coloca a la agricultura como prioridad, está convencida de que “una forma de enfrentarnos a este monstruo es producir nuestros propios alimentos pues cuando hablamos de salir a la calle, de protestar por la contaminación la gente tenía miedo al hambre, tenían miedo a perder un día porque no había qué comer y sigue teniendo mucho miedo a perder su empleo por oponerse a las empresas que contaminan y matan.”

Ocuparse es impostergable, buscar soluciones que le devuelvan al pueblo la posibilidad de vivir de la mejor manera es la tarea, aunque no podamos ver los resultados de tal gestión. Así, el ideal es volver el tiempo, por lo menos en las costumbres y quizás, en ese intento por recuperar lo perdido finalmente lo recuperemos.

“Este río, que fue nuestro (Héctor Lomelí) orgullo ahora es nuestro principal temor. Por eso debemos hacer conciencia y presionar porque sí podemos arreglarlo. Si el problema fuimos todos, la solución somos todos. Yo diría, si nos separa un río, también nos une un puente y debemos ser puentes en la forma de pensar y actuar para arreglar los problemas que tenemos”.

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