José Antonio Meade era el plan del PRI para retener el poder; hoy su campaña es un desastre

Por Ernesto Núñez*

Ciudad de México a 18 de marzo de 2018.- Hoy es un desastre la campaña de José Antonio Meade, pero hace unos meses, antes de que temblara, el PRI y el gobierno creían tener un plan para quedarse en el poder.

El plan se echó a andar en julio, después de las elecciones en el Estado de México, Coahuila y Nayarit. Esos comicios confirmaron la caída del tricolor (que en 2016 perdió siete estados que gobernaba), y evidenciaron que el desprestigio de Enrique Peña Nieto sí se convierte en voto de castigo. El PRI perdió Nayarit, tuvo que pelear Coahuila en el Tribunal Electoral y mantuvo el Estado de México a base de una burda operación ejecutada desde Los Pinos. Con premeditación, alevosía y ventaja, el Grupo Atlacomulco exhibió todo el poderío que le da el aparato gubernamental para derrotar a Delfina Gómez, una maestra de Texcoco que amenazaba con acabar con el principal -y quizás único- bastión electoral que le queda a ese partido.

Esas elecciones prendieron la alarma. El PRI tenía que dar un paso audaz para detener su caída, y la decisión fue apostar por un no priista.

A José Antonio Meade se le adaptaron los estatutos del PRI, se le abrieron candados, se le “modernizó” la plataforma tricolor y su programa de acción -quizás para que luciera más itamita-, y se le organizó una Asamblea Nacional con sabor a predestape. La fiesta de Meade fue, a la vez, una celada para Miguel Ángel Osorio Chong, que salió de ella solo y malencarado.

Reformados los documentos básicos del PRI, había que posicionar al precandidato, usando toda la maquinaria gubernamental. Él se proyectaría desde la plataforma de la Secretaría de Hacienda, el gobierno haría una intensa campaña para difundir sus “logros” y, uno a uno, los priistas se irían decantando a favor del no priista.

En paralelo, se dinamitaría al Frente PAN-PRD-MC, y se desprestigiaría a Ricardo Anaya, su candidato visible.

El plan decía que, al finalizar el año, Meade estaría en segundo lugar en las encuestas, como el más firme rival de Andrés Manuel López Obrador.

Pero no fue así.

En septiembre, dos temblores mataron a 469 personas en siete entidades, dejaron a más de 600 mil sin casa y arruinaron más de dos millones de negocios.

Y, como suele suceder, el poder de la naturaleza exhibió la naturaleza del poder. El gobierno quiso usar la tragedia para apuntalar a su precandidato.

El 27 de septiembre, el Presidente encabezó en Los Pinos una reunión de coordinación con miembros de su gabinete, gobernadores y líderes de las cúpulas empresariales. Sentó a su lado a José Antonio Meade, que apareció vestido con chamarra, sin corbata y medio despeinado, con “look” de “estoy chambeando”. Y se anunció el inicio de la reconstrucción.

Pasaron los días, las semanas, dos meses y, el 27 de noviembre, llegó al fin el día del destape.

El aparato oficial, que también incluye a los medios aceitados con publicidad gubernamental, convirtió el viejo ritual priista en un acontecimiento nacional.

Primeras planas, horas enteras de transmisión y retransmisión en radio y televisión, portales de internet y redes sociales colocaron a Meade como un fuerte aspirante. Los atributos que le endilgaron los columnistas fueron muchos: honesto, limpio, miembro de dos gabinetes, con una gran experiencia de gobierno, titular de cuatro secretarías de Estado, tecnócrata pero con sensibilidad social, ciudadano y, sobre todo, NO PRIISTA.

Sobre los escombros de Oaxaca, Chiapas, Ciudad de México, Morelos, Puebla, Estado de México y Guerrero, se sacudió la grilla.

A los damnificados, se les trató de callar con tarjetas de Bansefi, monederos electrónicos gestionados por la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, la opaca SEDATU que dirige Rosario Robles, más acreditada como operadora electoral del régimen, que como funcionaria.

A los priistas, se les pidió disciplina y generosidad. “Háganme suyo”, les pidió Meade, el “súper funcionario” de formación, modos, costumbres y apariencia panistas.

El 14 de diciembre iniciaron las precampañas. Meade se fue a San Juan Chamula, Chiapas, a encabezar un desangelado mitin. Y, como si fuera maldición chamula, comenzó a perfilarse su desastre.

El año acabó, y Meade no sólo no estaba en el segundo sitio en las encuestas, disputándole la Presidencia a AMLO, sino que se afianzaba en el tercer lugar. Su esposa, Juana Cuevas, era una estrella de las redes sociales, jovial y carismática; él, una sombra grisácea.

Al empezar el año, el panista Ricardo Anaya se colocó en segundo lugar. Terminó el periodo de precampañas el 19 de febrero, Meade no rebasaba los 15 puntos en las encuestas, y el PRI volvió a encender las alarmas.

Desde entonces, el gobierno y su partido parecen jugar a descarrilar a Anaya a como dé lugar. En ese empeño, han usado sin recato a las instituciones del Estado, y han perfilado ya lo que será el tono de las campañas formales que, aunque parezca increíble, apenas darán inicio el 30 de marzo, en pleno Viernes Santo.

Nunca sabremos si Meade hubiera sido el eficiente coordinador de la reconstrucción -como nos lo presentó Peña Nieto en aquel ya lejano 27 de septiembre, cuando lo sentó a su lado-. No sabremos si hubiera sido el hábil negociador que lograra que estados y municipios se alinearan en una eficiente estrategia de gestión de recursos para que medio millón de mexicanos recuperaran el hogar que perdieron en los sismos del 7 y 19 de septiembre. Lo que sí sabemos es que es un mal candidato, y que no es tan limpio, honesto y puro.

Meade prefirió la campaña, que la reconstrucción. Los terremotos, y el dolor de los damnificados, no le hicieron repensar su aspiración, como tampoco perturbaron los planes del régimen, que continuó su plan, como si no hubiera pasado nada.

Además de Meade, renunciaron a sus cargos los titulares de tres de las secretarías más importantes para la reconstrucción: Educación Pública (Aurelio Nuño es hoy coordinador de campaña), Gobernación (con todo y berrinche, Osorio Chong ya es precandidato al Senado), y Desarrollo Social (Luis Miranda es delegado del PRI en Chiapas y a su lugar llegó otro operador electoral priista, el oaxaqueño Eviel Pérez Magaña).

¿Y los damnificados?, ¿y la reconstrucción?

Esa ya la “atendieron”, podrían responder los priistas. Para eso dejaron ahí a la operadora eficaz Rosario Robles, que ha repartido más de 160 mil tarjetas Bansefi entre los damnificados.

Los priistas trazaron un plan, y decidieron ejecutarlo sobre los escombros. El tiempo dirá si no resultan damnificados.

* * * *

En la Ciudad de México, la reconstrucción es también un desastre.

Y los responsables de atenderla ya están en campaña.

Del gobierno central, ya se fueron Patricia Mercado, secretaria de Gobierno, y Salomón Chertorivski, secretario de Desarrollo Económico. El jefe de Gobierno es precandidato del PAN al Senado y, de concretarse su candidatura, deberá separarse del cargo antes del 30 de marzo.

Los “jefes” de las delegaciones más afectadas por los sismos también se fueron: Claudia Sheinbaum, de Tlalpan, que será candidata de Morena al gobierno de la Ciudad; Ricardo Monreal, de Cuauhtémoc, que coordina una región de la campaña de Morena y será senador; Valentín Maldonado, de Coyoacán, que busca una diputación por el PRD, y Christian Von Roehrich, de Benito Juárez, panista que también quiere ser diputado.

Ellas y ellos ya están en campaña. No importa que, a medio año, ninguno de los que perdieron su casa el 19 de septiembre haya podido recuperarla. Lo paradójico es que les pedirán el voto, prometiendo que, si ellos ganan, ahora sí habrá reconstrucción.

Así se hace la grilla sobre los escombros: a los damnificados, tarjetas; a los responsables de resolver la tragedia, candidaturas.

Pásalo.

 

*Artículo publicado en el perfil de facebook del autor, quien es periodista del diario Reforma.

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