La belleza de la princesa Kaguya

La princesa Kaguya

Por: Hugo Hernández Valdivia* (Cinexcepcion.mx)

9 de agosto de 2015. Cuando el japonés Hayao Miyazaki trabajaba para los estudios Toei, en los años sesenta, colaboró como animador para La princesa encantada (Taiyou no ouji Horusu no daibouken, 1968), un largometraje que estaba a cargo de un realizador debutante seis años mayor que él: Isao Takahata.

Iniciaban en aquellos entonces una trayectoria profesional compartida en la que no dejaron de aparecer princesas y que se prolongaría a lo largo de casi 50 años. Años después coincidirían en Nippon Animation, donde contribuyeron a la serie de televisión Heidi (1974).

A mediados de los años ochenta se independizaron y fundaron su propio estudio: Ghibli. Las primeras películas que produjo la nueva empresa fueron realizadas por Miyazaki: Nausicaä del valle del viento (Kaze no tani no Naushika, 1984), inspirada en las novelas gráficas de su autoría y El castillo en el cielo (Tenkû no shiro Rapyuta, 1986). La tercera, La tumba de las luciérnagas (Hotaru no haka, 1988), fue cortesía de Takahata, quien acaso entregó aquí la película más triste en la historia del cine.

25 años después Takahata estrenó La leyenda de la princesa Kaguya (Kaguyahime no monogatari, 2013), la que, por cuestiones de edad, podría ser su última película. Luego del anuncio del retiro de Miyazaki con El viento se levanta (Kaze tachinu, 2013), Takahata reconoció que aún hay películas que le gustaría hacer, si bien es consciente de las complicaciones para realizarlas.

La obra de ambos ha tenido un trato diferente en México. Mientras las películas de Miyazaki –al menos las últimas– se estrenaron en algunos cines, las de Takahata fueron por años invisibles. La situación cambió cuando comenzaron a aparecer en DVD las cintas de ambos, en particular las producidas por Ghibli. Por esta vía tenemos acceso al que podría ser el testamento de Takahata, un verdadero portento.

La leyenda de la princesa Kaguya se inspira en “El cortador de bambú”, un anónimo cuento clásico nipón del siglo X. El argumento recoge las experiencias del personaje del título del cuento, un hombre mayor que encuentra un día, en un bambú, a un ser diminuto y luminoso que decide llevar a su casa. Se trata de una niñita que cría con su esposa y crece vertiginosamente hasta convertirse en una joven y hermosa princesa. Su belleza está en su comportamiento, en la infinita capacidad para integrarse a un orden natural que, desde su perspectiva, está lleno de prodigios.

El cortador encuentra, además, una buena cantidad de oro, por lo que decide construir una mansión y codearse con la nobleza, con la esperanza de casar a su hija con un “buen partido”. Así comienza la competencia entre una serie de pretendientes, a los que la princesa pone tareas imposible como condición para hacer su elección. Su desencanto crece, y será irremediable cuando caiga en la cuenta, simultáneamente, de su origen y su destino.

Takahata hace avanzar su relato con un narrador que nos ubica, nos informa y nos guía. La banda sonora es complementada con las músicas del gran Joe Hisaishi, quien es colaborador de cabecera de Miyazaki y de Takeshi Kitano, y aquí para no variar contribuye a empujar y ampliar el abanico emotivo.

La animación y el diseño de la cinta, por su parte, son primorosos, con trazos que parecen pintados más que dibujados –emulan la acuarela–, que tienden a cierto minimalismo (si bien no tan minimalista como el de Mis vecinos los Yamada) y un colorido suave que aporta ligereza.

El movimiento, a su vez, como sucede con las producciones de Ghibli, elude el realismo y nos inscribe en los terrenos de lo fantástico. El trabajo artesanal (no está de más recordar que todo esto se trabaja a mano) es, pues, maravilloso. Tanto primor hace que la experiencia sea fascinante para el ojo y el oído, para el espíritu, cómo no. Mención aparte merece un pasaje –en el que se diría que Kaguya quiere huir de sí misma– que tiene tintes impresionistas y es pura emoción.

Como otras películas de Ghibli, La leyenda de la princesa Kaguya se ocupa del paso de la adolescencia a la madurez, que invariablemente es conflictivo. Pero, además, Takahata exhibe las consecuencias nefastas de convertirse en lo que no se es: aquí, la transformación de personas sencillas en nobles. La pretensión social, si bien aquí tiene intenciones positivas –el padre busca que su hija aspire a lo que él cree que es mejor–, termina por hacer que los personajes se olviden de lo importante, que se pierdan a sí mismos.

Kaguya es libre, y su felicidad en el campo, donde creció, es contagiosa. Confiesa que nació “para vivir realmente, como las aves y las bestias”, y el ingreso en el rígido corsé de la educación que caracteriza a la nobleza es un castigo más que otra cosa. “La felicidad que me deseaban era difícil de soportar”, confiesa angustiada a sus padres. El acercamiento a todos estos asuntos es amigable: Ghibli convence conmoviendo, a menudo con dulzura. La única crítica seria es a la parafernalia real y sus rituales que rayan en lo ridículo. Takahata ilumina el otro lado de la luna (que, como él dice, “no tiene color ni vida”) y nos recuerda que inesperadamente todo puede adquirir tintes dramáticos porque la vida tiene una fecha de caducidad que nosotros por lo general no decidimos.

Takahata entrega una obra generosa para los sentidos y la reflexión. De La princesa encantada a La princesa Kaguya el nipón ha sabido presentar una concepción del mundo que no es ingenua, y que si recurre a la fantasía es para ser fiel a una verdad que por momentos se parece demasiado a la realidad, con su crudeza y su oscuridad. Takahata explora los rostros contrastantes que ofrece la humanidad; desde su perspectiva hay ocasionales rayos luminosos en un paisaje dominado por las tinieblas: aquí caben algunas dosis de humor, y la felicidad es un accidente poco frecuente… y fugaz.

Calificación: 100/100

* Hugo Hernández Valdivia es crítico de cine y colaborador de las revistas Magis y Luvina, así como del programa televisivo C7 Cine.

Comentarios
Top