La nueva vida de Guadalupe García, la primera deportada de Donald Trump

Se convirtió, sin querer, en un símbolo de la lucha pro migrantes en la era de Donald Trump. Es Guadalupe García, originaria de Guanajuato, a quien el nuevo gobierno estadounidense deportó para mandar un mensaje de terror a otros como ella, personas sin documentos en un país adoptado. Se dice feliz de vuelta en su tierra, pero no puede olvidar: su familia y su vida siguen en el norte.

 

Texto: Margena de la O
Fotografía: Andalusia Knoll

ACÁMBARO, GUANAJUATO.- Al atardecer del sábado 11 de marzo, Ángel y Jacqueline Rayos García abrazaron por primera vez en la vida a una abuela que no conocían.

Habían viajado unas ocho horas desde Phoenix, Arizona, donde nacieron, hasta este municipio del sur de Guanajuato. Vinieron a visitar a su madre, Guadalupe García, a quien no habían visto en un mes.

Los adolescentes jamás habían pisado el lugar donde nació su madre y al que volvió, sin proponérselo, 22 años después. Ahora lo conocen, quizá no de la forma que esperaban, pero de todos modos lo recorren con alegría.

El 7 de febrero pasado Guadalupe García –Lupita, como más le conocen-, fue deportada al acudir a una cita de rutina en el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés). Al llegar a la oficina fue arrestada y devuelta a México. Su caso desató una oleada de protestas y atrajo la atención internacional. Había sido detenida hace 9 años por usar identificaciones falsas, pero el gobierno del expresidente Barack Obama le dio oportunidad de quedarse en el país a cambio de presentarse cada año ante el ICE para revisar su permanencia.

Guadalupe fue la primera migrante sin documentos deportada por el nuevo gobierno estadounidense. Desde su campaña y en sus discursos como presidente, Donald Trump prometió que deportaría a quienes hubieran violado las leyes. Con su deportación, el magnate pretendió enviar una advertencia a todos los indocumentados. Un mensaje de terror, el aviso de que va en serio. Lupita se convirtió entonces, sin querer, en un símbolo de la lucha por los derechos de migrantes en Estados Unidos.

Sus hijos conocen bien el caso. Desde hace nueve años sabe que su madre vive en la incertidumbre de ser deportada y 11 días antes de viajar a Acámbaro participaron en un encuentro con congresistas en el Capitolio. Pero ese sábado viajaron para visitar a su mamá, no la activista ni la migrante famosa.

Casi al llegar los adolescentes, de 14 y 16 años de edad, subieron a jugar a la azotea de la casa familiar. No había diferencia entre sus juegos y las de las primas menores, de unos seis años cada una.

Subían y bajaban los desniveles de la casa, escucharon los cohetes y las campanadas que salieron desde la catedral de Acámbaro, y miraron el cielo que se ennegrecía de nubes cargadas de agua.

En su segundo día en Acámbaro, mientras paseaba por la plaza, Ángel nos contó que en la escuela los ubican como símbolo de la lucha por los derechos de los migrantes: “Mis compañeros me dicen que están orgullosos de nosotros, más los hijos de mexicanos”, dijo sonriente.

Para Ángel y Jaqueline todo es nuevo en México.

Acámbaro Guanajuato. Foto: Andalusia knoll Sloff

 

* * *

Guadalupe García tenía 14 años cuando decidió irse a los Estados Unidos a seguir a su madre, quien dos años antes se fue tras los hijos mayores que cruzaron sin documentos la frontera norte. El Santa, un pariente de la familia, se llevó a ella y a una prima hasta Mesa, Arizona.

La suya es una familia de migrantes como casi todas en Acámbaro, una ciudad famosa por su pan artesanal pero que también necesita de las remesas para sobrevivir. Según la organización Cohesión Comunitaria e Innovación Social (CCIS), el 18.1% de los hogares acambarenses (el gentilicio de los habitantes del lugar) reciben dinero de sus familiares radicados en Estados Unidos.

Lupita es la cuarta de seis hermanos y cada uno tiene su propia historia de migración en Estados Unidos. Por ejemplo, Elena, la penúltima, vivió en Arizona casi toda su niñez y adolescencia, pero volvió a los 17 años. Aunque su educación básica está registrada ese estado nunca aprendió a hablar inglés, pues en su círculo cercano siempre hubo paisanos conocidos, una costumbre de los migrantes de Acámbaro quienes suelen formar sus propias comunidades en su nuevo país.

A diferencia de su hermana, Lupita nunca pisó una escuela en Estados Unidos, y en México la abandonó en el cuarto grado.

Un año después de llegar a Mesa, a su casa tocó un joven vecino apellidado Rayos, quien buscaba al hermano mayor de la muchacha. Desde entonces están juntos. Este año cumplirán 17 de matrimonio.

Separados ahora, Lupita habla en una habitación de la casa familiar sobre su nueva vida, pero antes de seguir le pide a su hijo que salga. Al muchacho no le gusta mucho la idea, pero resignado deja la habitación. Ella sigue con su narración: “En 2008 fui arrestada. Estaba trabajando y en eso llegaron los agentes de Arpaio (el sheriff Joe Arpaio, una de las autoridades más duras y temidas contra la migración indocumentada a Estados Unidos) y se subieron por los documentos de todas las personas. Cuando subían, empezaron a hablarnos los compañeros: ‘están haciendo una redada’. Entonces mis compañeros y yo nos salimos, ya no regresamos a trabajar, porque estaba el miedo ahí”.

En ese entonces Lupita tenía 13 años de vivir en Estados Unidos. Trabajaba en parques acuáticos de Arizona con un número falso de Seguridad Social. “Nos fuimos a nuestras casas a seguir nuestra vida diaria: llevar a los niños, estar en el hogar, todo normal… Como al medio año llegaron por nosotros a las casas. Tocaron a las cinco de la mañana, pensaba que era mi primo que me llevaba a su nena, y por eso abrí tan fácilmente. Cuando abrí la puerta, el oficial puso el pie, era alto y fuerte, me quedé viendo y supe que el día había llegado”.

Permaneció detenida seis meses acusada de robo de identidad, un delito por el que podría ser deportada. Pero sus abogados lograron que se quedara en el país a cambio de presentarse cada año en oficinas de ICE.

El 7 de febrero, cuando debía cumplir su cita anual, el riesgo de ser expulsada del país era más alto que nunca: Donald Trump había firmado tres órdenes ejecutivas sobre migración que afectaban sobre todo a ciudadanos de países musulmanes. Pero en términos reales el impacto sería para todos los indocumentados.

La amenaza se cumplió. Lupita fue deportada por haber cometido un delito menor, que en Estados Unidos se le conoce como “felonía”. Por eso, su familia fue separada. “Cuando el nuevo presidente comenzó a hablar de los criminales, sabía que yo iba incluida ahí, porque yo tengo una felonía”, cuenta en Acámbaro.

“No importa lo que haya hecho, para él la felonía es ser delincuente; me dieron felonía seis y al pisar 90 días en la cárcel soy delincuente para ellos”, dice.

La entrevista se interrumpe. Una de sus sobrinas pequeñas entra a la habitación y dice que Ángel tiene prisa porque los invitaron a comer hamburguesas en casa de un pariente.

El diálogo se apresura entonces. Al despedirse Lupita muestra dos fotografías: en una aparece con su esposo en una noche de parejas en la iglesia a la que acuden. Y en la otra está con sus hijos y tres chicas más en otra actividad religiosa.

Además de una muda de ropa, esas imágenes son lo único que pudo traerse de su casa en Arizona.

* * *

La migración se nota de varias maneras en Acámbaro. En un cruce de calles cerca de la estación del tren una pareja con un bebé pide dinero. Los vigilantes de la empresa ferroviaria creen que son centroamericanos, pues los han visto bajar del techo de los vagones.

Desde hace dos años, el Observatorio Acambarense por los Derechos Humanos Fray Raúl Vera ha registrado el paso de migrantes de Centroamérica por la ciudad. Buscan, según la organización, una ruta más segura hacia Estados Unidos.

En poco tiempo, el Observatorio pasó de acompañar a mujeres víctimas de violencia a crear brigadas de comida para los migrantes. El sacerdote Rigoberto Beltrán, fundador del Observatorio, planea establecer un albergue o casa de paso para los centroamericanos en la colonia San Isidro de la ciudad.

La estación del tren alberga otras historias de migrantes. Una de ellas es la de Armando Guzmán Rodríguez, vecino de la comunidad de San Agustín quien vivió más de 13 años en Georgia, donde trabajaba en una fábrica de alfombras con una tarjeta de residente “rentada”. Hace 10 años fue deportado por cargos, dice, “que tuve por ilegal”, como sucede con la mayoría de las personas sin documentos en Estados Unidos.

Estaba casado con una mujer de Guatemala que llegó a ese país a los cuatro años de edad. Del matrimonio nació Emily, ahora de 14 años.

Una mañana, hace diez años, Armando llevó a su hija a la escuela. Lo acompañó un hermano que le visitaba desde Nueva York y que tampoco tenía documentos migratorios. Al llegar al colegio encontró varias patrullas de la policía, pero nunca pensó que era un operativo para detenerlo porque el dueño de su tarjeta de identidad lo había denunciado. Su hermano también fue arrestado.

Armando permaneció encarcelado 18 meses, una parte de ellos en el Centro de Detención Stewart. Es una de las prisiones privadas donde, según organizaciones civiles, se violan los derechos humanos de los detenidos.

Luego fue deportado. Lo que siguió fue la separación física y legal con su esposa, quien le exigía una manutención para Emily. Nunca pudo pagarla con los 4,800 pesos mensuales que gana por supervisar el movimiento de los trenes en Acámbaro, el pueblo del que emigró hace 21 años.

¿Y su hija? “Sí hablo con Emily, pero no es constante porque la mamá no la deja que hable. De hecho, tengo muy buena relación con sus tíos, los que eran mis cuñados. Gracias a Facebook platico con ellos, sé cómo están, cómo está mi hija. De su mamá no, porque con la pareja con quien volvió a hacer familia creo que hasta celos me tiene”.

Armando también creó otra familia. Con su pareja tiene dos hijos con quienes vive en Chamácuaro, otro pueblo migrante en el municipio de Acámbaro.

“Está complicado pero la vida continúa y mira, aquí estoy muy feliz”, confiesa.

Acámbaro Guanajuato. Fotos: Andalusia knoll Sloff

 

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Domingo por la mañana. El pasillo de la plaza donde la mamá de Guadalupe administra un puesto de frutas, es un desfiladero de gente. “Morena”, como llaman a Guadalupe en Acámbaro y sus hijos Ángel y Jacqueline son la novedad entre conocidos y extraños.

Los chicos no conocían a su familia en México pero entre los curiosos, Ángel encuentra a Mario, un adolescente delgado y de ojos claros. Es un viejo amigo. En Phoenix estudiaron juntos los tres primeros años de primaria. El padre de Mario, quien es tío de Guadalupe, devolvió a la familia hacia Acámbaro desde hace ocho años.

Ángel y su hermana Jacqueline ya han hablado por teléfono con su padre, quien les dijo que los extraña. Es, ahora, el único de la familia en Phoenix, Arizona, y sin posibilidades de viajar a México.

Guadalupe García pasó su primer mes en México entre comidas y reuniones en casa de parientes a quienes no veía desde que salió de Acámbaro. “Siento felicidad, teníamos 22 años sin vernos. A la misa vez siento tristeza porque atrás dejo a mi familia”, cuenta.

Ya tiene planes para su nueva vida, como inaugurar la tortillería que le prometió el gobierno de Guanajuato. Pero su objetivo real es volver. Y cuando lo consiga no será con ayuda de traficantes de personas como El Santa, quien la llevó por primera vez a Estados Unidos.

“Yo seguiré esperando, todavía hay una oportunidad para mí”, confiesa. “Es algo difícil, pero no imposible”.

Es la nueva vida de Guadalupe García, la primera deportada de Donald Trump.

 

Este trabajo forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations. Conoce más del proyecto aquí: enelcamino.periodistasdeapie.org.mx

 

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