Lamento por mi compa Javier Valdez

La muerte de Javier Valdez representa un punto de quiebre para el periodismo mexicano; si matan al más conocido, al más premiado, al más protegido del gremio, ¿qué suerte correrá el resto? La prensa de México tiene un blanco en el pecho.

Froylán Enciso

Foto: Foto: AFP/Fernando Brito

Y si ahora me preguntas qué hacer, la respuesta es no sé. Hoy 15 de mayo mataron a mi compa Javier Valdez. Mi primera hipótesis, por supuesto, es que lo mataron por hacer su trabajo periodístico.

Luego de que los hijos del Chapo fueron con el chisme de que Dámaso López Núñez exsocio del Chapo los emboscó en el programa de Ciro Gómez Leyva, Javier entrevistó a un emisario de Dámaso para Ríodoce. Sabía que la nota no les había gustado a los “Menores” ni a su gente, sabía que lo habían tratado de silenciar, creo, para que quedara la idea en los medios nacionales de que Dámaso era el siguiente gran enemigo criminal del gobierno. No solo a él. Habían tratado de silenciarlos a todos en Ríodoce. Pero justo ahora que Dámaso está ya en la cárcel, ¿para qué lo matan? No lo entiendo.

Me separé de la mesa donde comía para celebrar el Día del Maestro con colegas que me enteraron de la noticia. Me marcó mi madre desde Sinaloa. Dice que están matando gente como moscas. Teme por mis hermanos. Ayer estaban en una fiesta. Mi hermana salió temprano y a los pocos minutos «levantaron»  a unos de los amigos que la acompañaban. Ayer mataron a unos plebes en la colonia Alameda. Algunos sin deberla ni temerla. Nomás por andar con la bola de amigos. Es que no sabes quién es quién. Ya no se entiende por qué. Ya se sabe que algunos no están metidos en algo chueco, pero de todos modos los matan y nadie entiende por qué tanta crueldad.

«Y es que tu hermana está a un minuto, se salva pero está a un minuto».

Y todos tenemos miedo por todos.

«Ni se te ocurra pararte por acá», me dijo mi madre.

Y entonces se me cae el cielo por los ojos. Se me cayó la casa, ya no existe ese lugar seguro al cual regresar. Quizá mañana se recupere. Siempre se recupera, pero hoy no hay ese lugar. Me lo arrebataron, nos lo arrebatan a cada rato. Hoy no hay hogar, regresaré mañana a ver si ya hay justicia, a ver si ya hay confianza de los unos con los otros. Hoy no. Hoy la muerte no tuvo límites. Si matan a Javier Valdez, nuestro querido Javier, el más conocido, el más premiado, el más divertido, el más protegido del gremio: ¿qué puede esperar el resto? Es como si a todos nos hubieran puesto un blanco en el pecho.

Conocí a mi Javier Valdez en el 2003, cuando me acerqué a ofrecer mis textos a Ríodoce, mientras era investigador de Los Angeles Times. Ismael Bojórquez y Alejandro Sicairos me recibieron con los brazos abiertos, pero Javier aderezó la bienvenida con una invitación a tomar cervezas en el Guayabo, su bar de confianza, la primera vez que fui a Culichitown a visitarlos. Todos me hacían sentir querido y apoyado, pero Javier hasta me puso el título de «corresponsal» de Ríodoce en la capital. Javier me ponía orgulloso con sus palabras. En aquellos tiempos, sobra decir, Ríodoce no era conocido. No habían ganado ningún premio. No se sabía que podrían sobrevivir como proyecto editorial. Iban empezando y eso me daba esperanza de que en Sinaloa se podían hacer las cosas de otra manera. Luego, me encontré a Javier en todos los lugares que quise encontrármelo. En reuniones de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano, en la FIL de Guanatos, en sus múltiples visitas a la Ciudad de México.

Me acuerdo, Javier, de aquel 2007 en que me diste tus engargolados de Malayerba, porque querías que te ayudara a repartirlos entre editores de libros que pudieran interesarse. Te confieso que los entregué casi todos a cuanto editor se dejó, compa querido. Pero alguno se me quedó en la casa. Perdóname. Es que fuiste más rápido que yo en encontrarte editor y en empezar a publicar libros como si fueran enchiladas. Y luego del peregrinar no faltó quién me echara en cara que no les insistí lo suficiente. No faltó el editor que me confesó que se arrepentía por no haber agarrado tu primer libro. Qué risa, querido. Y qué alegría con tu primer libro en inglés. Ahora sí vas a vender, pinche. Me acuerdo cómo te despediste en aquel correo donde te informaba de la lectura de uno de esos editores que ahora estarán arrepentidos.

«Y ya no andes perdiendo la virginidad ni la dejes olvidada en cualquier tugurio del mal. Te abrazo fuerte», me decías.

Y me reí y te seguí el juego. Tenías un miedo travieso y eras avorazado con las palabras y te enamoraste de sus propios juegos más de una vez. Por lo mismo, por goloso, también se te magullaba fácil ese corazón de niño grande, aunque dijeras que los sinaloenses copulamos con la muerte.

Y nomás de acordarme se me cae el cielo por los ojos y quiero decirle a quien hizo esto que la está cagando, porque en un rato vamos a dejar de llorar y nos van a tener que matar a todos, porque la plaza de los que queremos vivir en paz no puede tener dueño.

Texto publicado originalmente en el sitio www.horizontal.mxwww.horizontal.mx

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