Las huellas de Rulfo

El escritor Juan Rulfo. Foto: Especial

Por: Mariana González (@marianelasglez)

20 de mayo 2016.- El sur del estado de Jalisco, guarda parte del pasado del escritor Juan Rulfo: los primeros años de su vida  y varias visitas en su juventud.

Paisajes, lugares y rostros que dejaron una huella indeleble en su memoria y que transfiguró, después, en los cuentos de “El llano en llamas” y, sobre todo, en “Pedro Páramo”, considerada su obra cumbre.

En esta región, a unos 650 kilómetros de la ciudad de México, existe la Ruta Rulfiana. Una búsqueda de Rulfo y las imágenes que quedan de él hace casi ya 100 años.  Un trayecto por los lugares fundamentales en la vida y la obra del autor, icono del realismo mágico.

Plaza principal de Sayula

Plaza principal de Sayula. Foto: Pinterest

Sayula la bulliciosa

La plaza principal de Sayula, colmada de árboles y bancas de piedra, escucha paciente el revoloteo de los niños que juegan a mediodía. En este pueblo de 35.000 habitantes siempre hay muchos chiquillos, comentan los parroquianos que toman un helado junto al kiosco.

La misma plaza, las palomas que rompen el aire quieto y los niños. Como si se repitiera la escena en que Juan Preciado, el protagonista de “Pedro Páramo”, recuerda su paso por este pueblo, en su viaje rumbo a Comala.

A raíz de que el gobierno estatal creó la Ruta Rulfiana, Sayula hizo de la marca Juan Rulfo un atractivo.  Su imagen está en las calles, los hoteles, en los negocios, en los sitios turísticos.

Frente a la plaza principal, la casa de la cultura de la municipalidad lleva el nombre del escritor.  Una de las paredes del pasillo de entrada muestra el acta de nacimiento y la fe de bautismo del escritor. La partida 109 está fechada el 24 de mayo de 1917, apenas una semana después de que fuera dado a luz. “Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno”, se lee en las letras sepia escritas a mano.

Las viejas fotocopias cuelgan de un marco junto a una fotografía de Rulfo a blanco y negro. Son el prólogo a un recorrido por esta casona colonial de puertas amplias, que funciona como brevísimo museo rulfiano.

Dos jóvenes sostienen una pintura donde aparece Juan Rulfo. Foto: Agencia EFE

Dos jóvenes sostienen una pintura donde aparece Juan Rulfo. Foto: Agencia EFE

El ex director de cultura del municipio, Luis Hernández, cuenta que cuando el escritor pidió que le enviaran una copia de su partida de nacimiento, se dieron cuenta que no fue registrado con el apellido que le dio gloria. El Rulfo aparece en la cédula de bautismo, fechada un mes después.

“La abuela paterna (María Rulfo) pidió que su apellido fuera engarzado al de su esposo para que no se perdiera con el tiempo”, explica Hernández. Años después Rulfo lo hizo su sello literario. Quizás no imaginaron que el nombre quedaría grabado en la memoria latinoamericana.

Un busto dorado del escritor, enmarcado con algunos pasajes de “Pedro Páramo”, completa el pequeño museo. Al final del breve recorrido los encargados del lugar ofrecen una copia del acta de nacimiento como singular souvenir.

Esas mismas hojas y algunas imágenes familiares de Rulfo, circulan como afiches en los hoteles y hasta en la central de buses.

Busto de Juan Rulfo. Foto: EFE

Busto de Juan Rulfo. Foto: EFE

El lugar de nacimiento de Rulfo es motivo de una rivalidad entre tres pueblos de la región. Hay quien cuenta que su madre, María Vizcaíno, estaba en la hacienda de los abuelos paternos en Sayula, cuando le vinieron los dolores de parto. Por eso los documentos oficiales quedaron acá, donde estaba el único registro civil de la zona. Los nacidos en las localidades alrededor eran considerados como sayulenses.

“No nací en Sayula, sino en un pueblo cercano que se llama Apulco“, dijo alguna vez Rulfo al español Joaquín Soler, en una entrevista.  Apulco era entonces un pequeñísimo poblado dependiente de aquel municipio.

Otros afirman que su madre lo parió en San Gabriel, donde vivía toda la familia. Semanas después, dicen, viajaron para registrarlo y bautizarlo.

En el 124-A de la calle Ávila Camacho, está la casa donde se supone nació Rulfo, en Sayula. La finca está antes del río que divide al pueblo, en una calle apacible, casi en la periferia.

Antes estaba marcada con el 48 y la calle se llamaba Madero, según dice la placa de metal a la entrada. Era una  hacienda que ocupaba casi toda la cuadra, como eran las propiedades de las familias adineradas, dicen los vecinos.

Con una fachada simple -amarilla y mostaza-, dos grandes ventanales y un farol a la entrada principal, hoy la gran hacienda está fragmentada en un puñado de casas contiguas.

De vez en vez, llegan hasta acá turistas interesados en la historia de Rulfo. Los dueños de la casa principal poco saben de su pasado. Se limitan a decir que no está abierta al público. Sonríen y cierran el portón.

Placa en la casa donde supuestamente nació el escritor Juan Rulfo. Foto: LIKE 0 Oasisantonio/Flickr

Placa en la casa donde supuestamente nació el escritor Juan Rulfo. Foto: LIKE 0
Oasisantonio/Flickr

La verdadera Comala

Un sinuoso camino que comienza en Sayula y cruza 40 kilómetros entre pinos y montañas lleva al pueblo San Gabriel. Desde las colinas es visible un amplio valle conocido como el Llano grande. Los atardeceres encienden de rojo este paraje como si fuera un llano en llamas.

Dicen los especialistas de la obra rulfiana que San Gabriel es el verdadero Comala, el pueblo a donde el protagonista de “Pedro Páramo” llegó buscando a su padre. Los “gabrielenses” están convencidos de ello.

El libro de “Pedro Páramo”, aquí, funciona como hoja de ruta, como mapa imaginario con el cual es posible descifrar el andar de Rulfo por esta tierra.  Un sitio donde conviven la ficción y la realidad y uno se siente dentro de esta novela de ambientes áridos.

El pueblo de San Gabriel. Foto: Tourjalisco.com.mx

El pueblo de San Gabriel. Foto: Tourjalisco.com.mx

Juan Rulfo vivió en este lugar hasta los 10 años, pero sigue presente en las calles, en sus muros, los cafés, en los recuerdos de la gente. Los habitantes celebran cada 16 de mayo el natalicio del escritor con un festival cultural en el que leen y representan escenas de la literatura rulfiana.

Las campanas de las iglesias arrebatan la quietud del domingo por la mañana. Los indígenas llegan al corazón de San Gabriel desde Apango, un caserío en plena sierra,  a vender frutas, verduras y hierbas. Los portales y la plaza principal se llenan de mujeres de cabello trenzado y piel de chocolate.

El centro del pueblo se convierte en una representación involuntaria de “Pedro Páramo”. De aquella escena en la que “los indios tienden sus yerbas sobre el suelo, bajo los arcos del portal y esperan”. Pero los indígenas vienen aquí desde siempre. Todos los habitantes les han comprado remedios naturales o comida, alguna vez.

San Gabriel es un pueblo museo. “Muchos elementos de “Pedro Páramo” están plagados de contextos relacionados con este lugar”, dice Juan José Guzmán, cronista de la municipalidad, férreo conocedor de la vida de Rulfo.

Él y José Villalvazo, un empresario que ronda los 65 años, atesoran las pocas fotografías que quedan de los Pérez Rulfo Vizcaíno, en San Gabriel.

Las imágenes se reparten entre la casa de cultura y el restaurante de Villalvazo: Un chiquillo Juan posa entre sus compañeros de escuela o  junto a sus padres. Abuelos y hermanos ataviados con elegantes vestidos y trajes de inicios del siglo pasado. Un joven Rulfo de 17 años retratado en la cima de un cerro, con San Gabriel a sus pies.

El escritor Juan Rulfo.

El escritor Juan Rulfo.

También junto con el investigador Virginio Villalvazo, hermano de José, crearon un recorrido por el pueblo en el que llevan a los turistas frente a los sitios icono de la vida y la obra rulfiana.

Cuentan que cuando la Feria del Libro de Guadalajara creó el premio en honor a Juan Rulfo, en 1991, los visitantes -escritores, investigadores, turistas, periodistas y hasta presidentes- se contaban por cientos. Ahora, que el reconocimiento ya no lleva el apellido Rulfo, acuden a cuentagotas.

Calle Independencia número 8. A una cuadra de la plaza principal y detrás del templo grande está la casa donde Rulfo pasó su infancia, antes de ser enviado a un internado en Guadalajara.  La casa, de paredes altas y simples con bordes terracota, perteneció a su padre, Nepomuceno “Cheno” Pérez, y luego a sus abuelos.

Los curiosos podían entrar a los amplios salones, los pasillos alrededor del patio y la fuente donde jugaba el pequeño Juan. Desde hace un par de años la actual dueña enviudó, emigró a Estados Unidos y abandonó la finca. En la entrada queda la placa que recuerda con letras negras al “autor universal de la lengua castellana”.

“Nunca ha querido vender la finca. Quizás ahora quiera hacerlo”, acota esperanzado José Villalvazo, desde una silla de su restaurante “El sesteo de las aves”.

Una cuadra más abajo, por la calle Independencia, está la antigua casa de huéspedes, edificada hace unos 200 años, junto al río. Quizás la misma que administraba el personaje Eduviges Dyada, quien alojó al protagonista de “Pedro Páramo” a su llegada a Comala.

La casa de "Eduviges Dyada". Foto: Internet

La casa de “Eduviges Dyada”. Foto: Internet

Desde hace algunos años la casa es una tienda de artesanías. La madera de los muebles almacenados se mezcla con el olor a humedad de las paredes de ladrillo. La luz apenas se cuela por las puertas angostas de las habitaciones, aún llenas de “tiliches”, como si se tratara de los objetos y baratijas que fueron dejando apilados los fantasmas de Comala.

En el patio al fondo de la casa, permanece la conexión del único teléfono que había en el pueblo, explica el administrador, un señor de tez blanca y ojos cansados.

A unos pasos de la casa se llega al río, el que Rulfo menciona en “Pedro Páramo” y algunos cuentos de “El llano en llamas”. Hoy es apenas un hilo de agua café. El puente para cruzar al otro lado del pueblo conserva en sus extremos la estructura de piedra que tuvo a inicios del siglo pasado.

Aquí también inicia el camino viejo al pueblo Jiquilpan que, según la narrativa rulfiana, estaba “bordeado de camichines”, árboles frondosos que dieron paso al asfalto colocado hace unos años que aligera este sendero que va a dar a la sierra.

Al lado opuesto de ese camino está la iglesia Sangre de Cristo, una pequeña capilla color marrón cuya campana hizo repicar la imaginación rulfiana para anunciar la muerte de Susana San Juan, en “Pedro Páramo”.

El escritor Juan Rulfo.

El escritor Juan Rulfo.

Subiendo por la Calle del Retiro, a unos 100 metros,  se llega a un claro conocido como La Loma. Dicen que Rulfo venía aquí a volar papalotes como todos los niños lo hacían -y lo hacen, aún- con los vientos de la primavera.

Dicen también que esta cima podría ser el escenario en que en voz del hacendado Pedro Páramo, el escritor narra: “Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire”.

Desde este paraje se ve todo San Gabriel. Más allá, el inicio del Llano Grande, parecido a un comal caliente bajo el sol, como dicen los gabrielenses.

En La Loma -o lo que queda de ella, acota con sarcasmo un vecino de la zona-, las casas y sembradíos de maíz invaden cuesta arriba. Pero no son obstáculo para que los jóvenes suban a aislarse y pasar una noche de fogata y cervezas. Abajo, en el pueblo, la quietud del atardecer se instala en las calles. Los murmullos se apagan.

La Ruta Rulfiana. Foto: Twitter

La Ruta Rulfiana. Foto: Twitter

Los otros caminos

Los lazos rulfianos familiares y literarios se extienden por la región en pueblos como Tonaya, donde aún vive parte de la familia, Tuxcacuesco y Apulco.

A 10 minutos de San Gabriel están las ruinas de la Hacienda de Telcampana. Según los habitantes del pueblo, ahí fue llevado el cuerpo sin vida del padre de Rulfo, a quien llaman “Cheno”. Esta finca aparece en “El llano en llamas”, en un cuento que también recrea a Pedro Zamora, el bandolero de la revolución mexicana que, dicen, mató a “Cheno” a balazos.

Después de unos 20 kilómetros se llega a Apulco. La hacienda donde se supone nació Rulfo está en el centro de este caserío, junto a la iglesia principal que su abuelo Carlos Vizcaíno ayudó a construir. Desde 1993 la hacienda fue donada para hacer un monasterio católico, pero los restos de algunos familiares descansan ahí.

El edificio que Rulfo visitaba en sus vacaciones escolares conserva los muros de ladrillo y el techo de tejas originales. La quietud del pueblo, sus campesinos y sus parajes fueron capturados por la lente del inquieto Rulfo, en algún momento de esas visitas.

Arrieros en Apulco, Jalisco. Foto: Juan Rulfo

Arrieros en Apulco, Jalisco. Foto: Juan Rulfo

Decir Comala es evocar los fantasmales y desolados escenarios de “Pedro Páramo”. Pero Comala -la verdadera- no está en Jalisco sino más al sur, en Colima.

Algunos especialistas defienden esta Comala como la misma de la imaginación rulfiana. Otros creen que es una mezcla de lugares y personas tejidos por el escritor para despistar a sus lectores. Otros más aseguran que Comala es la metáfora de una llanura ardiendo en las brasas de la tierra.

Lo cierto es que los apasionados de su obra esperan que para el centenario de su nacimiento, en 2017, se instaure un gran museo con sus pertenencias. De menos, que  haya el homenaje que este escritor se merece, pero que se haga en estas tierras que lo vieron caminar. En Comala, donde quiera que esté.

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