Los guardianes del bosque

Desde hace más de 30 años el Ejido Llano Grande, en Chignahuapan, Puebla, tiene un consumo responsable de sus bosques que ha ayudado también a frenar la migración e incorporar a las mujeres al mercado laboral remunerado. Un ejemplo que vale la pena conocer.

 

 

Texto y Fotos: Ana Cristina Ramos.

Fotos y Audio: Ximena Natera

3 de Julio 2017.- El ejido Llano Grande es la entrada a la Sierra Norte de Puebla. Sus habitantes, desde hace 34 años, viven del cuidado de sus bosques de pino y encino. Para ellos el bosque es un organismo viviente que nace, crece y muere y que en ese ciclo, puede  ser utilizado para la vida humana.

Primero los dueños de los aserraderos explotaron sus bosques, hasta casi terminarlos.

Después llegó un periodo de veda que duró cuarenta años. Juan Carlos Muñiz Aguilar, ingeniero forestal comentó “Antes, en el periodo de veda, la gente tenía un borreguito, una vaca, pero realmente… pasaban aceite, vivían muy mal y a la par en vez de que los bosques se mejoraran, se destruyeron”.

 

 

En los ochenta la Dirección General para el Desarrollo Forestal hizo una propuesta al presidente para retirar al veda del estado y lanzar un proyecto que se llamo el Plan Forestal Puebla, que consistió en un esquema de aprovechamiento forestal donde las responsables del cuidado eran las comunidades.

 

 

En 1983 Llano Grande obtuvo su primer permiso para el aprovechamiento del bosque. El proyecto tardó cinco años en asimilarse, “al principio llegaron los de la dirección general para decir: ya se va a levantar la veda, a los que quieran les decimos cómo, y pues nadie se apuntaba; el primer año se incorporaron cinco pequeños propietarios, en el segundo como tres y así fueron poquito a poquito, hasta el quinto año ya todos querían participar”, explicó Juan Carlos.

 

 

El proyecto a crecido en los últimos 34 años, uno de los logros más estimados por la comunidad fue la apertura de su vivero, en los noventa, lo que les dio mayor independencia ante la Comisión Nacional Forestal (CONAFOR), pues ya no tenían que esperar el reparto de semillas.

 

 

Entre sus labores como cuidadores del bosque está el prevenir y restringir incendios y controlar la tala clandestina de árboles, para ello forman cuadrillas, son cinco grupos de 20 personas que vigilan por 24 horas y se van relevando a lo largo de todo el año.

 

 

Además del vivero, otro proyecto que empoderó a la comunidad fue la apertura de su aserradero hace tres años, ya no tienen que vender los troncos como materia prima, ahora obtienen un costo adicional por la venta de 19 mil 258 metros cúbicos de madera.

En el país un 85% del manejo forestal de los bosques está a cargo de las comunidades, pero sólo un 4% de los aserraderos.

 

 

El crecimiento paulatino de la comunidad también detuvo la migración Estados Unidos, ahora se ven jóvenes trabajando en la sierra y en el aserradero, incluso los niños participan con excursiones para plantar árboles.

El índice internacional estima que después de cortar la madera en el aserradero sólo un 50% es útil para la venta, en la comunidad el otro porcentaje es utilizado por los pobladores para calentar agua y un nuevo proyecto artesanal.

 

 

El año pasado un grupo de 10 mujeres del ejido Llano Grande constituyeron la organización Artesana en Madera de la Sierra Norte de Puebla, un proyecto que abrió la puerta para que las mujeres trabajaran y ganaran dinero de la venta de sillas, percheros, tablas de cortar, llaveros.

 

 

 

La comunidad gana anualmente 22 millones de pesos, de los cuales siete de reinvierten en el bosque, esto deja a cada familia con un salario de 150 mil pesos al año, una ganancia que el pueblo quiere crecer con la apertura de su propia mueblería el próximo año.

 

*Este trabajo forma parte del proyecto Pie de Página, realizado por la Red de Periodistas de a Pie. Conoce más del proyecto aquí: http://www.piedepagina.mx“.

 

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Texto: Ana Cristina Ramos

Periodista que sueña con pajares de agujas, misterios sin escribir y un mundo por explorar.

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Fotos y Audio: Ximena Natera

Soy aspirante a la buena imagen, a la buena crónica, a la buena historia, soy aspirante al buen periodismo. Las historias de horror, miedo e injusticia que vimos y escuchamos a lo largo del camino me dejaron un hoyo en el estómago, la única manera que encuentro para cerrarlo es compartir estas mismas historias una y otra vez, con la esperanza de que la indignación se propague y, como dice el periodista Oscar Martínez, contribuya a iluminar poco a poco las esquinas oscuras.

 

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