OPINIÓN | Qué horrible es vivir en esta ciudad, en este país…

Por James Nuño*

Guadalajara, Jalisco a 22 de marzo de 2018.- Qué horrible es vivir en esta ciudad, en este país.

Me gusta la idea de esta ciudad. La gente que anda en bicicleta los domingos por la mañana. Los cachorros que pasean, sonrisa amplia y lengua de fuera, junto a sus amos. Las visitas inesperadas. Las llamadas pactadas. Los encuentros en el bar, en la librería, en el restaurante. A la vuelta de la esquina. Las comidas con los padres. Las reuniones familiares. Las canciones de los mercados, de las plazas, de los compañeros de trabajo.

Pero eso ya no es. O es menos de lo que debería. Es la excepción de una regla de calor vulcanizado, del estruendo de los cláxones, de la gran mancha insoportable que es el tráfico desde que amanece hasta que hacemos como que dormimos. Del trabajo de catorce horas diarias para contar los granos de frijol sobre la mesa. De tener que elegir entre comprar un buen libro o la comida de tres días. De vivir en la periferia —física y emocional— porque tres años —o cinco o nueve o todos— de posgrado no aseguraron una de esas rentas bestiales cerca de nuestra familia, de nuestros amigos, de nuestros amores. Menos, un departamento de lujo en esos conjuntos habitacionales con piscina y gimnasio incluidos. De proyectos ambiciosos que fracasan. De emprendedores que tienen que regresar por la puerta del perro a pedir su empleo de regreso. De capos, gatilleros, mulas, dealers de poca monta, amedrentadores, machines y buscones que se ganan la vida a golpes, a balazos, a injurias, a amenazas porque ese es el estilo de nuestro país, porque el que no tranza no avanza, porque hay que tener ese teléfono, ese auto, esa chamarra, porque ya están cansados de ser pisoteados, porque es pegar o que te peguen, que te azoten, que te muerda el hambre, que te pisotee esa brecha absolutamente aleatoria, injusta e infranqueable que es nacer en el lugar y tiempo equivocados. De la clase sin clase que se disputa el dominio de un país del que viven resguardados, que se ataca con las mismas cartas, las mismas dagas, los mismos movimientos; que ofrece el mismo diálogo una y otra vez: como en ese programa sin gracia que la gran televisora repite desde hace medio siglo: los mismos chistes, la misma ropa, los mismos personajes que no crecen, que no aprenden, que no mueren. La misma perra pobreza. El mismo ahora sí acabaremos con la impunidad, con la corrupción, con la violencia. Una frase, un like, un compartir: una muletilla que exime de toda culpa y da continuidad a la normalidad hasta que llega la siguiente noticia: otro fraude millonario, otra falta de pruebas, otra exoneración, otro puñado de gente sacrificada como reses, otros desaparecidos, otros implicados, otras mujeres degolladas, destazadas, apuñaladas, asfixiadas, depositadas en un bote como si fueran latas o papel de baño.

Y uno, todavía aquí, pensando que quizá lo mejor sería huir. Pero no se puede. No se debe. No se quiere. En cambio, nos quedamos a seguir escribiendo historias: en los libros, en los diarios, en los labios y las manos de la gente que amamos. Porque es necesario aferrarse. Porque hay que combatir con palabras, con ideas, con lo poco o mucho que tenemos en la cabeza. Porque de alguna manera hay que resistir.

 

*El autor publicó este texto en su blog personal jamesnuno.wordpress.com

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