Sumisión y la vuelta a la religión

Sumisión (editorial Anagrama)

Por: Hugo Hernández Valdivia* (Cinexcepcion.mx)

17 de mayo de 2015. Aun antes de su publicación, Sumisión, la novela más reciente del francés Michel Houellebecq, ya generaba controversias. Principalmente por una de las situaciones más relevantes que recoge la novela y que se convirtió en el centro de atención: la llegada a la presidencia de Francia de un candidato de origen islámico. De ahí que fuera acusada de ser islamofóbica: Ali Baddou, presentador de origen marroquí del programa de televisión La Nouvelle édition —y que se declara “profundamente laico”—, comentó al aire que la novela “le dio ganas de vomitar”.

Por su parte, el escritor Emmanuel Carrère, autor de El adversario y Una novela rusa, no dudó en considerar a Houellebecq como un novelista más potente que George Orwell y Aldous Huxley, y calificó a Sumisión como “un libro sublime”. En efecto, la instauración de un estado islámico tiene relevancia en la novela, pero esta no es islamofóbica (en todo caso sería islamofílica) y lo verdaderamente provocador está en el curso de los eventos que concluyen en dicha elección, los cuales valdría la pena atender, pues no son exclusivos de Francia.

Sumisión es narrada en primera persona por François, un profesor de literatura y especialista en la obra del escritor Joris-Karl Huysmans (1848-1907). La elección de este autor como referente constante no es gratuita, por supuesto. Vivió alejado de los eventos políticos de su tiempo, renegó del naturalismo literario y se convirtió al cristianismo, y François comparte con él algunos rasgos.

(La obra de Huysmans interesó a los surrealistas, como reconoce el cineasta Luis Buñuel: en ese grupo tenían especial aprecio por Cumbres borrascosas, y también les gustaba Allá abajo, de Huysmans —en la que se inspiró para escribir un guion con Jean-Claude Carrière—: “Aquel retorno espiritual a la Edad Media, la evocación de la figura de Gilles de Rais. De Rais es formidable, ¿verdad?: un caballero cristiano, un compañero de Juana de Arco que comete aquellos crímenes terribles y que, cuando lo castigan, el pueblo llora con él y lo perdona”.)

François anota que los siete años que dedicó a su tesis doctoral sobre Huysmans los vivió en su compañía, “en su presencia casi permanente”; para el académico, “un autor es antes que todo un ser humano, presente en sus libros; que escriba muy bien o muy mal en definitiva importa poco, lo esencial es que escriba y que esté, efectivamente, presente en sus libros” (p. 13).*

François es más que un especialista sobre Huysmans: es una especie de actualización del escritor, con quien comparte la abulia y el desinterés por los eventos de su tiempo. Conforme avanza la novela se hace evidente que es la persona más cercana al protagonista: la relación con el escritor es más fuerte que cualquiera de las que establece con las personas que convive.

Para François, la literatura es un ámbito privilegiado. Porque “solo la literatura”, anota, “puede dar esta sensación de contacto con otro espíritu humano, con la integralidad de ese espíritu, sus debilidades y sus grandezas, sus limitaciones, sus pequeñeces, sus ideas fijas, sus creencias; con todo lo que le emociona, le interesa, le excita o le repugna”. (De ahí que uno crea tener un conocimiento respetable sobre Houellebecq a partir de la lectura de sus novelas, poemas o ensayos y hasta de los intercambios de ideas que a menudo propicia, pues asumimos que ahí está presente.) Y en Sumisión uno no escapa a la tentación que existe en toda obra narrada en primera persona de asimilar el narrador al autor, en este caso hacer de François un alter ego de Michel.

Conforme avanza la novela se va perfilando uno de los grandes temas y uno de los grandes blancos de la crítica de Houellebecq: el medio universitario (del que el escritor no tiene un conocimiento directo, como reconoce en el agradecimiento final, donde anota que no hizo estudios universitarios; hizo una investigación al respecto, como en El mapa y el territorio en lo relativo al trabajo policial).

François comenta que “los estudios universitarios en el ámbito de las letras no llevan, como se sabe, a prácticamente nada, quizá a los estudiantes más dotados a una carrera de docente universitario en el ámbito de las letras —se tiene, en suma, la situación más bien cómica de un sistema que no tiene otro objetivo que su propia reproducción” (p. 17).

En la universidad —propicia a la autocelebración y al autorreconocimiento— el chisme y la mezquindad son habituales, y si hay algunos académicos brillantes también la mediocridad encuentra un amplio espacio. Además se caracteriza por su escasa combatividad, de la que François es un espécimen representativo. Uno estaría tentado a pensar que este esbozo cabe en otras latitudes, como en México, por ejemplo, en la que los académicos parecen más interesados en sumar puntos en el SNI —para recibir un cheque de una cantidad cada vez mayor— que en devolver el conocimiento a la sociedad que investigan o involucrarse en sus conflictos.

La política es otro de los grandes asuntos de Sumisión. François hace el relato del estado de las cosas previo, durante y posterior a un proceso electoral álgido. Describe un escenario violento: el enfrentamiento entre identitarios (profundamente islamófobos) e islamistas radicales.

De sus encontronazos no dan cuenta los periodistas, sin embargo los eventos apuntan a la guerra civil. Ubicada en un futuro próximo, los partidos tradicionalmente antagónicos de derecha e izquierda han perdido relevancia. El extremista Frente Nacional cobra fuerza, pero también la Fraternidad Musulmana, un partido islamista moderado.

En la primera vuelta no hay vencedor, y el curso de los eventos y los partidos, siempre acomodaticios y con una plataforma negociable, lleva a una segunda vuelta inédita. Aquí cobra un primer sentido la sumisión del título, y los académicos tienen oportunidad de mostrar su lasitud, de someterse mansamente a un curso de eventos en los que deliberadamente no influyen.

Los cambios externos a la esfera universitaria no forman parte de sus intereses, escapan a su actividad y los rebasan, porque “los que llegan a un estatus de docente universitario ni siquiera imaginan que una evolución política pueda tener el mínimo efecto en su carrera; se sienten absolutamente intocables” (p. 79).

François, no está de más anotar, no participa en ninguna de las tres votaciones que tienen lugar, pero es consciente de lo que pasa: “Que la historia política pudiera jugar un rol en mi propia vida seguía desconcertándome, y repugnándome un poco. Me daba cuenta, sin embargo, y desde hace años, que la separación creciente, vuelta abismal, entre la población y los que hablaban en su nombre, políticos y periodistas, debía necesariamente conducir a algo caótico, violento e imprevisible” (p. 116). Más adelante hace una aseveración de mayores alcances: “El intelectual en Francia no tenía que ser responsable, no estaba en su naturaleza” (p. 271).

Si bien el escenario cabe en los terrenos de la política ficción, el discurso me parece que también es perfectamente aplicable a México, donde los periodistas son más sensibles a su subsistencia que a su audiencia; y de los políticos y de la responsabilidad de los intelectuales mejor ni hablamos.

En este paisaje, en el que el individuo se encierra en sí mismo (como las réplicas humanas de La posibilidad de una isla), la religión parece ofrecer una ruta no solo atendible, sino deseable. Pero no la religión católica, que ha perdido toda relevancia en Europa. En algún momento François busca emular a Huysmans y viaja al monasterio en donde aquél se instaló. Pero se siente asfixiado —entre otras cosas porque está prohibido fumar— y distante. En un primer momento no lo considera, pero atestigua cómo el islam es el que ofrece una vía, si bien supone cambios importantes en la vida cotidiana.

De hecho dedica amplios pasajes a una especie de divulgación de la religión de Mahoma, y las reservas van perdiendo consistencia. Porque “el islam acepta el mundo, y lo acepta en su integralidad, acepta el mundo tal cual, para hablar como Nietzsche” (p. 260). El título cobra nuevo sentido cuando se aborda la poligamia (y la sumisión de la mujer) y tiene su culminación en una aseveración que es, a fin de cuentas, lo que significa islam (sumisión total a Dios): “Es la sumisión […] la idea asombrosa y simple, jamás experimentada antes con esta fuerza, que la cima de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta” (p. 260). Si Émile Durkheim hacía ver el rol de la religión como elemento de cohesión —y en su debilitamiento una explicación de las desavenencias sociales—, Houellebecq ilustra cómo la religión ofrece una ruta de regreso, con la vuelta a los valores de la familia y el orden.

Esto forma parte del diagnóstico del fenómeno humano que, sin falta, hace Houellebecq en cada entrega. Para no variar, juega nuevamente al futurólogo y advierte, en este caso, sobre los riesgos de desentenderse de la cosa pública y someterse a la inercia, lo que es más grave cuando se tiene consciencia de la situación, como sucede con los que viven en y de la academia. Y de nueva cuenta lo hace desde la perspectiva de un observador sin compromisos, desde la óptica de alguien que es la antítesis del agente.

Como Michel en Las partículas elementales, Daniel 1 en La posibilidad de una isla y Jed Martin en El mapa y el territorio, François está más allá de la necesidad y del deseo. Pronto se encuentra con su futuro económico resuelto y su vida ya no se ordena alrededor del trabajo (a diferencia de la mayoría de los mortales, que en la búsqueda del sustento encontramos entretenimiento, para bien y para mal). El ocio le ofrece todo el tiempo para reflexionar (y para plantearse en serio la posibilidad del suicidio). Y lo hace no solo sobre la situación, sino sobre el comportamiento de los individuos que, como él, viven en un ensimismamiento hedonista y en el vacío existencial, con más pasado que futuro.

El sexo y las relaciones, para no variar, juegan un rol. François huye de los hombres por la semejanza que ve en ellos, exhibe cómo el consumo motiva su actividad y desmitifica cualquier desliz al romanticismo: “El amor en el hombre no es otra cosa que el reconocimiento por el placer dado”. No pasa lo mismo con la mujer, que si bien “es ciertamente humana […] representa un tipo ligeramente diferente de humanidad, aporta a la vida un cierto perfume de exotismo” (p. 207). Y si bien más de alguna postura de este “macho paradójico” —como lo define su pareja— provocará insultos de parte de más de una feminista, reconoce el rol relevante de la mujer: “Si la especie humana es un poco apta a evolucionar, se debe a la plasticidad intelectual de las mujeres. El hombre, por su parte, es rigurosamente ineducable” (p. 294).

Para no variar, gracias a Sumisión Houellebecq ha sido “acusado” de nuevo de escribir con llaneza, no tener “estilo”. Si por estilo entendemos rebuscamiento para el lucimiento, el francés nunca lo ha tenido. Porque no lo ha buscado. Su prosa está más cerca de la crónica que de la poesía (incluso cuando escribe poesía) y sigue la forma de algo que bien podríamos calificar como naturalista, apuesta en donde la descripción y la reflexión conviven con fortuna y en la que, incluso, cabe el plagio de lo que se genera en su tiempo (recordemos que el francés no ha tenido empacho en fusilarse pasajes de Wikipedia). Se necesita tener el estómago y las ideas revueltas para que Sumisión dé ganas de vomitar.

No estoy seguro de que sea una novela sublime, pero sí de que es una obra imprescindible para tomarle el pulso a una época en que los hombres buscan en el consumo un sentido (y dejan de encontrarlo cuando no queda nada que les interese consumir o la insatisfacción ya es crónica), persiguen con avidez la diversión para mitigar su aburrimiento constitutivo (y se aburren porque ya no saben entretenerse, a menos que alguien lo haga por ellos, lo cual es difícil, por el egoísmo ambiente) y procuran la convulsión para sentirse vivos (¿cuando ya están medio muertos?).

* La numeración de las páginas corresponde a la versión francesa, Editorial Flammarion, 2015. La traducción de las citas es mía.

* Hugo Hernández Valdivia es crítico de cine y colaborador de las revistas Magis y Luvina, así como del programa televisivo C7 Cine.

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