Tastoanes de Santa Cruz: las otras danzas de la lluvia | CRÓNICA Y FOTOS

Foto: Miriam Jiménez.

Por: Miriam Jiménez  (@Mir____I____Am) y Adrián Carrera (@acarrahu)

Fotos: Miriam Jiménez  (@Mir____I____Am)

13 de septiembre 2016.-¡Que llueva! El agua moja la tierra y de la tierra salen las plantitas y de ahí comemos todos”. Dice el hombre, que va con su hija y para todo sonríe —también para hablar de la lluvia—. Minutos después las nubes que inundan el cielo ceden, las gotas bajan en tropel hasta la metrópoli. El agua moja el concreto y del concreto emanan los primeros vapores del cambio de estación.

Tardó algunos días, pero con junio llegó el agua que cae del cielo y hace que Guadalajara huela a Guadalajara. El temporal suele prolongarse hasta septiembre, tiempo suficiente para que huyan el calor y las pitayas, la ciudad se inunde por horas y los campos revienten en verdor por meses.

La temporada de lluvias representa una dicotomía oscilante entre el ser prestadora de vida —un préstamo que tarde o temprano debe ser devuelto— y el ímpetu y furia que puede manifestar. El humano lo reconoce. Por eso es tan temida y venerada. Por eso se espera su arribo y se realizan múltiples preparativos para ello. Mientras que en la Zona Metropolitana se llevan a cabo acciones preventivas para reducir, en medida de lo posible, los estragos comúnmente causados por las aguas en la vía pública, la tierra en los campos se abre dispuesta a ser fecundada y darle paso a la vegetación característica del año.

Sin embargo, aún existen postales citadinas de la resistencia. Pueblos metropolitanos de transición pausada que se niegan a abandonar su esencia de caminatas largas y algarabía festiva —reconocible aún en algunos rincones de la ciudad—. Pueblos que conservan la tradición de agradecer a los elementos que permiten la vida en su territorio. A veces se esconden. Otras veces sólo basta con voltear por la ventanilla del transporte público y devolverles la mirada; también se preparan para las aguas y, en ocasiones, para celebrar su partida.

Plaza pública de Santa Cruz de las Huertas, en Tonalá. Foto: Miriam Jiménez.

Plaza pública de Santa Cruz de las Huertas, en Tonalá. Foto: Miriam Jiménez.

Como si la carretera Guadalajara-Zapotlanejo fuera un cauce en donde la vida se asienta a sus riberas, así se encuentra el poblado de Santa Cruz de las Huertas, en Tonalá, Jalisco. Ubicado al sur del arroyo El Rosario y a pocos minutos del centro del municipio, este antiguo pueblo indígena de campesinos se dedicaba principalmente a la siembra de maíz, frijol, calabacita y cacahuate, extendiéndose en un vasto territorio ejidal en las áreas que ahora ocupan la nueva Central Camionera, Los Amiales, Loma Dorada, parte del Rosario, El Barrancón y lo que era la Hacienda Antigua. Actualmente, representa un punto de convergencia constante en donde los rituales prehispánicos y las tradiciones mestizas se han fusionado y complementado con sus nuevas prácticas religiosas.

La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz es uno de sus ejemplos más latentes. Hasta antes de la evangelización franciscana de 1530, los pobladores celebraban la Fiesta del buen temporal durante el equinoccio de otoño como culto y agradecimiento a Teopinzintli, el Dios del maíz. A la fecha la tradición persiste, dándole gracias al Señor de las Aguas por el temporal de lluvias en una fiesta que, junto con la gracia combativa de los tastoanes —danza originaria de la antigua región de Xictépetl— cada 14 de septiembre se atavía y baila desde que el sol despierta al ritmo de la chirimía hasta que se va a la cama soñando con varas de membrillo, ecos de autonomía y los vientos del próximo verano.

Calle de Santa Cruz de las Huertas, en Tonalá. Foto: Miriam Jiménez.

Calle de Santa Cruz de las Huertas, en Tonalá. Foto: Miriam Jiménez.

I

Lunes 14 de septiembre de 2015, poco antes del mediodía. Las calles empinadas de Las Lomas se asientan y dan paso a los suelos llanos de antigua siembra. El silencio y el calor imperan en la tierra por donde el sol sale; el astro mayor ya corona la cúspide del cielo. Casi nadie anda por las calles de la colonia Los Reyes, en Santa Cruz de las Huertas, pero las pocas conversaciones audibles confiesan que es un día especial: es día de la fiesta del buen temporal.

Entre niños y curiosos, quienes dentro de un rato serán tastoanes llevan a cabo su metamorfosis. Son unos 20 y de distintas edades, algunos pequeños y otros no tanto. Un hombre, que lleva máscara —una que apenas cubre su cara— dice “préstenme una minifalda a ver si me parezco, a ver si me veo mejor”. Unas mujeres pasan a poca distancia y, aunque alegres, conversan entre sí, “¿Cómo van a hacer la procesión con las calles tan feas?”. Pasan cerca de un trascabo en reposo. Una de las calles principales está siendo arreglada.

Máscara de Tastoán. Foto: Miriam Jiménez.

Máscara de Tastoán. Foto: Miriam Jiménez.

Uno de los tastoanes es Abraham López Valencia, joven adulto de piel morena y sonrisa discreta. En su familia es el único que quiso ser tastoán. Lleva ocho años siéndolo, pero desde pequeño le llamaba la atención. Abraham, quien nació y ha vivido toda su vida en Santa Cruz de las Huertas, recuerda que hubo un tiempo en el que parecía que la tradición llegaba a su fin: “Ya se habían apagado un rato, hubo dos o tres años que no hubo tastoanes, por eso mi jefe y mi mamá, que en paz descanse, les dijeron ‘si es por comida nosotros se las damos’. Y empezamos la tradición otra vez, a sacarla adelante”. Abraham se convirtió en uno. ¿Sus razones? “Queremos seguir la tradición, seguir dándoles de comer. Y aparte pos’ me gusta andar ahí brincando y que me den los varazos un rato”.

El niño y el tastoán. Foto: Miriam Jiménez.

El niño y el tastoán. Foto: Miriam Jiménez.

A pesar de su momentánea desaparición en el poblado, la fiesta tastoán es una danza tradicional originaria de la época de la colonia que simboliza el triunfo de los indígenas Chimalhuacanos sobre la conquista española, representada por el Santo Santiago. Además del ritual local, también se realizan danzas tastoanes en otras regiones de Tonalá como Apozol y Moyahua además de Ixcatán, Jocotán, San Juan de Ocotán, Santa Ana Tepetitlán y Zalatitán, en el municipio de Zapopan1.

Tastoán se prepara. Foto: Miriam Jiménez.

Tastoán se prepara. Foto: Miriam Jiménez.

Pasa del medio día cuando, a una señal casi instintiva, los tastoanes invaden Santa Cruz de las Huertas. El sol cae a plomo y los palos de madera chocan. La gente sale de sus hogares o se asoma por las ventanas. Las cámaras de los celulares apuntan a la calle. Los niños llevan ramas, algunas más largas que ellos mismos. Los tastoanes caminan entre casas de un piso, banderas amarillas y banquetas angostas, calles estrechas sin sentido determinado. Visten gabardinas, huaraches, botas de plástico, sarapes. Sus rostros se cubren de viruela y de la carne descompuesta se asoman las faunas del Metepec. Gritan. Ríen. Están locos. Se suben a los autos, azotan puertas y asustan a la gente de las ventanas. Levantan el polvo y, en su lenguaje gutural, se comunican. Se maceran con el sol. Te miran a los ojos y en posición amenazante, gruñen. Tienen la palabra2 y en su alarido hay tormento y rebelión. Te persiguen y reclaman sus tierras. Emanan cierto encanto y provocan que en vez de huir, corras tras de ellos y sus pies ligeros que prometen perderse en la próxima esquina. De entre todas las máscaras, una se distingue por asemejarse al rostro de un armadillo. Su portador viste una playera que dice “Ortega” y ejerce de líder.

Tastoanes de Santa Cruz. Foto: Miriam Jiménez.

Tastoanes de Santa Cruz. Foto: Miriam Jiménez.

A mitad de la persecución, una niña rebasa por la banqueta y aminora el paso. “A mi hermana le dan miedo” dice con una sonrisa antes de volver a emprender la carrera: el miedo no está con ella. Se llama Brisa. Su padre es tastoán y baila al centro de la calle. Uno de ellos se retira a la sombra de la acera y se quita la máscara. El hombre vuelve por unos instantes y su rostro resplandece bañado en sudor, “No mames, ya no puedo” le dice a alguien y a sí mismo. Acto seguido regresa y salta con más fuerza, grita violentamente y le responden con ahínco.

Detalle del recorrido del buen temporal de Santa Cruz de las Huertas. Foto: Miriam Jiménez.

Detalle del recorrido del buen temporal de Santa Cruz de las Huertas. Foto: Miriam Jiménez.

La chirimía —un instrumento de viento tradicional— suena al mismo tiempo que la banda La Divina Santa Cruz de Tonalá. A ratos el poco tráfico de la comunidad se detiene; nadie se queja. Somos cada vez más personas, unas 50 incluyendo a los tastoanes. El sonido de la chirimía, que no cesa, parece el lamento lejano de un niño.

La procesión va ora’ por la calle La Lupita, ora’ por la calle Reforma. Un tastoán con playera sin mangas muestra su piel de bronce con las marcas del azote previo. Los perros ladran (¿oirán ladrar a los perros?) y las cámaras graban.

Tastoanes de Santa Cruz de las Huertas. Foto: Miriam Jiménez.

Tastoanes de Santa Cruz de las Huertas. Foto: Miriam Jiménez.

Al advertir que los tastoanes pasan por su calle, una anciana sale de su hogar y les pide algo. Entonces ellos, los tastoanes, hacen un “torito”. Ante su mirada, el conflicto, la lucha y el enfrentamiento que termina con el cuerpo del enemigo simbólicamente repartido por los cuatro puntos cardinales —los terrenos de la reina Cihualpilli—. Todos se agachan. Luego él se levanta y todos festejan. Cuando la anciana ve que está a punto de ser fotografiada, retrocede y su rostro queda cubierto por la herrería de la puerta. Alza una mano hacia los cuerpos danzantes. “A ellos, a mí no” dice con los ojos.

La mujer que atestiguó el torito. Foto: Miriam Jiménez.

La mujer que atestiguó el torito. Foto: Miriam Jiménez.

Una joven Reina Cihualpilli, acompañada de dos reyes, ocupa la parte delantera de la caravana de máscaras, piernas y brazos, que sigue avanzando. Más atrás, un chico y tres tastoanes llevan una figura del cristo crucificado. Es de medio metro de alto y va adornada con un arreglo floral. Ciertas calles muestran los charcos crecidos de alguna lluvia recientemente pasada. En las banquetas algunos niños se asoman y observan divertidos. Unos más lloran y se esconden entre la multitud, mientras que otros se esconden detrás de las máscaras en su rostro. Tras un rato de caminata y dar vuelta en la calle Madero, llegamos al tianguis de la colonia. Es el mes patrio y por las calles se oye la voz de guerra “¡Aixka kemah!” como otro grito de independencia.

Recorrido del buen temporal en Santa Cruz. Foto: Miriam Jiménez.

Recorrido del buen temporal en Santa Cruz. Foto: Miriam Jiménez.

II

Caminamos entre puestos que venden fruta, ropa o juguetes. En la entrada de una de las muchas casas, cuya ventana y puerta asoman al tianguis, está uno de los reyes, que nos invita a pasar. Al entrar, los tastoanes ya no son tastoanes: son hombres de rostro sudoroso que beben agua sin parar. La casa es angosta como las calles del pueblo y larga como la hospitalidad de los anfitriones, que sirven comida y bebida para todos hasta asegurarse que cada invitado está satisfecho.

Toca compartir mesa con una joven mujer que, nos cuenta, no es de Tonalá sino de Tlaquepaque. Pero se casó y luego cambió su sitio. Sin embargo, quizá el cambio más importante es el que llegará: está embarazada. Su esposo es tastoán primerizo. Después de mucho insistir, sus amigos lo convencieron, aunque él dice que se decidió porque para él es un sacrificio, una especie de manda que asume por su hijo, para que nazca y nazca bien.

III

Tras la comida, damos las gracias al rey y el resto de anfitriones. Salimos para echar un vistazo a las calles. El sitio está ahora tan callado que se escucha el sonido lejano de los autos circulando en la carretera. Un señor le dice a su familia: “Vamos a bañarnos para ver a los tastoanes luego”.

El primer recorrido fue apenas un anuncio. El clímax de la fiesta tastoán del buen temporal aún no llega. La jugada, le llaman. A un costado de La Parroquia de la Santa Cruz, el panteón municipal cruza la manzana. Una de las secciones no tiene puertas y el acceso es libre. Ahí, tras bambalinas, los tastoanes se permiten ser humanos y echarse un trago de agua a la sombra de los maizales, bromeando entre sí antes de salir a escena. En la calle contigua hay un portón negro y un letrero que prohíbe la ingesta de bebidas alcohólicas en el establecimiento.

A las afueras del recinto católico se prepara la fiesta que allá por 1889 el entonces cura de Zapopan, Manuel Portillo, consideró una “diversión grotesca e incivil”, misma que se ha sobrepuesto al paso del tiempo no exenta de polémicas y detractores, sobre todo provenientes de cierta élite burguesa3.

Detalle del kiosco de Santa Cruz de las Huertas. Foto: Miriam Jiménez.

Detalle del kiosco de Santa Cruz de las Huertas. Foto: Miriam Jiménez.

El kiosco de la plaza empieza a llenarse de niños que quieren resguardarse del sol y tener la mejor vista. Frente a ellos se erige una plataforma, una especie de escenario montado en andenes que alberga tres sillas y es adornado con hojas de palma y cadenas tricolores: patriotismo de papel combinado con referentes bíblicos. Un vitral del sagrado corazón y la santa cruz luce en lo alto del templo: parece vigilar el encuentro. Y frente a la finca, a un costado tanto de kiosko como del escenario, una cicatriz de adoquín levantado y la tierra abierta que en vez de germinar le da paso a la maquinaria. Tras el andamio, una fuente seca. Tanto de México en apenas una cuadra.

Estamos en la esquina de las calles Ramón Corona y Constitución. Somos más de 150 personas que damos la espalda a la delegación municipal —que está cruzando la calle—. El verdugo ensaya sus movimientos. La gente no deja de llegar. Entonces las voces se acrecientan y finalmente aparecen los tastoanes.

Detalle de la plaza pública de Santa Cruz de las Huertas. Foto: Miriam Jiménez.

Detalle de la plaza pública de Santa Cruz de las Huertas. Foto: Miriam Jiménez.

IV

Con micrófono en mano, el maestro de ceremonia pasa lista. Mientras, la Reina contempla la escena desde la parte alta del andamio. El tastoán armadillo se dirige a la monarca: “Mi reina Cihualpilli, del antiguo Cerro Metepec, ahora Cerro de la Reina, juntos defenderemos tu tierra, ¡adelante mis guerreros!”.

En la plaza lucen muchos paraguas para protegerse del sol, destacando aquellos que el partido en el poder anduvo repartiendo en campaña. Así, con unos 400 espectadores y faltando 15 minutos para las cuatro de la tarde, comienza la jugada, la representación principal de la fiesta del buen temporal. La farsa de los tastoanes se divide en cuatro mojoneras, cada una correspondiente a uno de los puntos cardinales.

La Reina Cihualpilli y los reyes. Foto: Miriam Jiménez.

La Reina Cihualpilli y los reyes. Foto: Miriam Jiménez.

Alguien de entre la multitud vocifera: “Pido que revisen este castillo con los cuatro puntos, que no caiga. De arriba para abajo y de abajo para arriba”. Entonces el Santo Santiago, el verdugo, revisa el castillo. Hay tres como él, que llevan sombrero, visten de blanco y portan una banda tricolor.

Para la primera mojonera, uno de los tastoanes toma el micrófono y dice: “Hay caciques que nos quieren quitar nuestros terrenos, si es posible hasta la muerte. Seguiremos defendiendo lo que nos corresponde, que es Santa Cruz de las Huertas”. Los guerreros ataviados con diversas ropas y máscaras multiformes van rotando por las cuatro esquinas del espacio formado.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

En la segunda mojonera el rey toma la palabra: “Yo, como el rey de España y de oriente a poniente… ”. Y los tastoanes hacen escándalo. Son casi 30, con sus largos cabellos, sus rostros desfigurados, multicolores, pelando diente, con figuras de animales de pesadilla, serpientes y manchas. Su cuerpos, poseídos por la música, agitan sus melenas desaforadamente.

Benito Ortega, encargado de tocar la chirimía en la celebración tastoán. Foto: Miriam Jiménez.

Benito Ortega, encargado de tocar la chirimía en la celebración tastoán. Foto: Miriam Jiménez.

La música proviene del tambor y la chirimía, que son tocados de forma incesante por Pablo López Ramírez y Benito Ortega, respectivamente. Un tastoan con máscara y prenda verdes pide que detengan la música, pero lo ignoran y él mejor se ríe. Luego increpa al verdugo: “¿De dónde has venido y a qué has venido a este lugar?”. El Santo Santiago raspa el piso con su sable y los tastoanes caen. Luego se levantan y arman una fiesta con los sombreros, los golpean, los lanzan. Los tastoanes van recorriendo las mojoneras. En su cara se puede ver a un dragón, lobo, bestia, quimera, alebrije, águila, serpiente, tucán, rostros dentro de rostros.

De pronto, un hombre que no parece formar parte del plan irrumpe al centro de la farsa; hecha bravata. Es un tastoan sin rostro acompañado por un perro flaco y asustado. Su participación es breve e improvisada. Luego se va.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Cuando el primer rey baja, los verdugos comienzan a azotar a los tastoanes. Lo hacen con varas verdes. Parecen personajes de videojuego de pelea ejecutando combos. Es una coreografía del castigo. La piel de uno de los guerreros se rasga tras los primeros azotes.

El grito del tastoán es un grito ahogado, de ardor, de pundonor, de combate. Pero en el azote también hay dignidad y entre un golpe y otro, pícaro, un tastoán le quita el sombrero al verdugo. Lo hace en dos ocasiones. Y es que los tastoanes se enfrentan a los verdugos uno o uno.

Hay un momento en que uno de los verdugos es secuestrado por los tastoanes, que simbólicamente le cortan las extremidades. Igual que antes hicieron frente a la anciana.

Tastoanes secuestran a uno de sus verdugos. Foto: Miriam Jiménez.

Tastoanes secuestran a uno de sus verdugos. Foto: Miriam Jiménez.

Luego, el gran enfrentamiento final: todos los tastoanes, a la vez, contra los verdugos. Un guerrero pierde su protección y, arrogante, cuca a su verdugo, se hinca. Trozos de vara vuelan, el sonido del tambor y la chirimía recorre el aire, vociferaciones y gritos inundan la plaza, cuyo centro atestigua un choque de colores donde el pasado y el presente se abrazan en una bélica algarabía.

Una vez concluido el enfrentamiento, los tastoanes se quitan las máscaras y las elevan al aire como en señal de victoria. Revelan su rostro antes cubierto por capucha. Las chicas gritan. Los tastoanes mueren. Han vuelto a ser personas. Se saludan con sus verdugos como futbolistas al final de un partido amistoso.

Los niños, y luego el resto, invaden lo que instantes atrás fue un escenario. Un grupo de muchachos bromea con un joven que aún sostiene su máscara a un costado. “Güey, enséñale los vergazos”, le dicen, y él flexiona sus brazos, exhibiendo los verdugones aún hinchados por los azotes. En su rostro se asoma la satisfacción: las cicatrices serán su trofeo. La gente se acerca para tomarse fotos con los distintos personajes y comienza a tocar la Banda Esmeralda, que ya esperaba. La fiesta continúa.

Tastoanes durante "la jugada". Foto: Miriam Jiménez.

Tastoanes durante “la jugada”. Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Las heridas con motivo de orgullo para los jovenes tastoanes. Foto: Miriam Jiménez.

Las heridas con motivo de orgullo para los jovenes tastoanes. Foto: Miriam Jiménez.

V

Desde minutos antes de terminada la farsa, la calle Ramón Corona comienza a hincharse de voces. Una camioneta de cabina revienta en colores y aromas de la tierra que, entre cañas, zanahorias, calabazas y piñas decoran su cajuela. Dos niñas sonríen ante el despliegue de frutos que en unos momentos recorrerán las calles principales del lugar. Posan para la foto.

La Banda calla por un momento y poco después de las seis de la tarde comienza a tocar de nuevo. “Alabaré” es la canción que indica el inicio de la peregrinación en donde tastoanes, verdugos y personas caminan con un fin en común: agradecer las lluvias que están por terminar, pero a su paso dejaron una paleta de verdes intensos y abundantes cosechas.

Cosecha de la temporada. Foto: Miriam Jiménez.

Cosecha de la temporada. Foto: Miriam Jiménez.

Es un recorrido similar al previo a La jugada. En el camino todos se acompañan, liderados por la misma imagen del Cristo crucificado. Los verdugos van a caballo y aún castigan al tastoán que se les acerque, que no falta. La Banda sigue tocando sus versiones de alabanzas católicas. Algunos las corean. Los niños ya no lloran y algunos duermen a los hombros de un adulto. En las fachadas de algunas casas se asoman adornos y mesas como altares a la vida. Las hojas verdes y las muestras de la cosecha del año relucen adornando los crucifijos colocados generalmente al centro. Los propietarios salen a la calle. Observan.

La banda amenizó el recorrido. Foto: Miriam Jiménez.

La banda amenizó el recorrido. Foto: Miriam Jiménez.

Estamos por dar vuelta en Independencia y las calles de Santa Cruz ya son un río crecido de cuerpos que fluyen en peregrinación. De vez en cuando aparecen nichos con imágenes religiosas y algunos se hincan, mostrando sus heridas todavía calientes como ofrenda. El sol se oxida. Los cánticos comienzan a apagarse en las calles que marcan los límites de la población, como demostrando cuáles son sus dominios. Las campanas llaman a misa de siete. Los tastoanes responden y regresan a la parroquia para la celebración que oficiarán en su honor. Los vemos entrar a la iglesia, así como alguna vez su Reina lo hizo y abrazó el cristianismo. El cielo comienza a nublarse. Respondió a las danzas y se despide con una llovizna ligera, así hasta el año siguiente, cuando las máscaras y las aguas vuelvan a caer.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Peregrinación tras la jugada de los tastoanes. Foto: Miriam Jiménez.

Peregrinación tras la jugada de los tastoanes. Foto: Miriam Jiménez.

La Reina Cihualpilli y el Rey. Foto: Miriam Jiménez.

La Reina Cihualpilli y el Rey. Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

Foto: Miriam Jiménez.

1 Jáuregui, Jesús. (2002). La disputa por los tastoanes a fines del siglo XIX. Guadalajara: Secretaría de Cultura de Jalisco.

2 Tastoán” (o “tastuan”) se deriva de una deformación de tlatoani, palabra náhuatl que literalmente significa “el que habla”, pero luego se refirió a los gobernantes (tiene la palabra, el mando).

3 Jáuregui, Jesús. (2002). Ibid.

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