“Aquí seguiremos”: jóvenes zapatistas

Los hijos y nietos de los combatientes zapatistas que hace 25 años declararon la guerra al gobierno mexicano y su política neoliberal hoy no portan capucha y han hecho del baile y el arte otra forma de resistencia. La generación que emergió de esa batalla, educada en sus propias escuelas, es ahora mayoría dentro del Ejército Zapatista de Liberación Nacional

 

Texto: Al-Dabi OlveraFotografías: Cristian Rodríguez Pinto

 

LA REALIDAD, CHIAPAS a 2 de febrero de 2019.- Contrasta el cielo colmado de estrellas chisporroteantes con el oscuro perfil de jóvenes indígenas que aparecen a bordo de una pickup.

—¿A dónde van?
—A La Realidad.
—¿Un raite?
—Súbanse.

Hace 25 años, una de estas camionetas llevaría a jóvenes indígenas, encapuchados y armados, para la rebelión en la Selva Lacandona que sacudió la consciencia de un país que festejaba el canto del neoliberalismo.

Hoy, los jóvenes llevan instrumentos musicales: vihuela, bajo, guitarra. No portan capucha, pero son zapatistas, hijos y hasta nietos de quienes se levantaron el primero de enero de 1994, cuando entró en vigor el Tratado de Libre Comercio.

Para llegar aquí hay que partir de Cristóbal de las Casas, luego a Comitán-Las Margaritas y a partir de ahí comienza el descenso por las cañadas en tramos donde hay que ingeniárselas para conseguir transporte. Este tramo de selva que hasta hace poco era de ocho horas y que fue recorrido tantas veces, por el Ejército y por miles de integrantes de la sociedad civil.

—Me llamó Josué. Tengo 21 años. Nací en la época de la guerra—, dice el más joven de los indígenas que van en la camioneta.

Es parte de la generación que ahora es mayoría dentro del Ejército Zapatista de Liberación Nacional: nacidos en la época de guerra y que creció en autonomía, educados ya en las escuelas propias.

—Somos zapatistas por el mal gobierno, porque nos explota desde hace mucho tiempo, dice Josué.

Como él, en los albores del festejo convocado por el grupo insurgente que desde el 2003 creó los caracoles —epicentros de organización autónoma de las comunidades zapatistas—, sus compañeros han bajado de otras comunidades de la región: “Venimos a tocar una sola canción.”

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La construcción diaria de la autonomía

 

Los insurgentes se concentran. Por los escarpados caminos de las cañadas aparecen letreros de diversas convocatorias: desde el homenaje y la denuncia por el asesinato del maestro zapatista Galeano, en mayo de 2014, durante el gobierno de Manuel Velasco, hasta la bienvenida a María de Jesús Patricio Martínez, vocera del Concejo Indígena de Gobierno, que intentó buscar una candidatura presidencial en 2018.

Para llegar aquí hay que pasar por el pueblo de Guadalupe Tepeyac, el mismo donde nació la Convención Nacional de 1994 a raíz de la Segunda Declaración de la Selva Lacandona. En aquel entonces, diversas fuerzas de la sociedad civil y artistas formaron el plano de lo que se llamó Aguascalientes. Un año después del Ejército mexicano destruyó el lugar obligando a los indígenas de la región a vivir entre el acoso y el desplazamiento.

Desde entonces y hasta hoy, el EZLN sigue proponiendo desde lo cotidiano: la construcción diaria del vivir autónomo, como la Escuelita Zapatista (2013-2014) y las convocatorias de los últimos tres años a CompArte y Conciencias, o al reciente festival con amplio despliegue de cineastas famosos.

Saben lo importante del pensamiento crítico, pero también del manejo de lo performático. Aquí mismo, en La Realidad, en mayo del 2015, Marcos cambió de nombre a razón del asesinato de un profesor zapatista a manos de la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos (CIOAC), una organización partidista.

Al alba, se eleva un drón y enseguida aparece el Subcomandante Galeano. El vocero insurgente no hablará esta vez. Ahora le corresponde dirigir una demostración de su fuerza militar. Avanza líneas de mujeres milicianas que marcan el perímetro de la cancha de basquetbol. Después, a caballo, entran el comandante Tacho y el subcomandante Moisés.

La siguiente avanzada es de la fuerza motorizada del zapatismo, que ocupa la cancha y después la deja libre para el flujo de milicianos que avanzan marcialmente y chocan macanas unidas por una cadena.

El sonido y la marcha no es totalmente uniforme; tampoco su vestimenta, que pasa por distintos tonos verdes y café. El tiempo se alarga. Diez, quince, veinte minutos pasan mientras más y más soldados ocupan la cancha del caracol. La marabunta zapatista se mueve adelante y atrás, como una marea.

Los milicianos forman alrededor de 50 filas. Superan los dos mil. En todo el caracol debe haber unas cinco mil personas.

Esta es una demostración de fuerza, como los Aguascalientes en 1994 y los mítines de Marichuy en 2018, pero ahora con la fuerza militar en el centro.

Moisés se explaya en el primer mensaje público después de la asunción de Andrés Manuel López Obrador como presidente. Y es duro, basado quizás en la experiencia lamentable que ha tenido el zapatismo frente al Ejército, paramilitares y partidos políticos. “Estamos solos como hace 25 años.”

Luego habla de lo que les ha costado construir esto: crear, corregir, imaginar, practicar. Reclama a los que vienen de vez en cuando a “turistear la miseria”: “La desigualdad, la injusticia no se trata de turistearlo.”

 

La distancia de la izquierda electoral

 

Emiliano Zapata enfrentó a Madero y Obregón. ¿Por qué sorprende entonces que el EZLN plante la cara a los gobernantes, desde Carlos Salinas de Gortari hasta Andrés Manuel López Obrador?

El 21 de diciembre de 2012, por ejemplo, cuando acababa de asumir la presidencia Enrique Peña Nieto, miles de zapatistas salieron a diversas cabeceras municipales de Chiapas para marchar en silencio. Al final, subían a un pequeño estrado para alzar el puño. Horas después, el Subcomandante Marcos publicó un brevísimo texto que decía: “¿Escucharon?”

El quiebre entre el zapatismo y la izquierda electoral se dio a raíz de la promulgación de las reformas constitucionales sobre derechos y cultura indígenas, en agosto de 2001, durante el gobierno de Vicente Fox. Las reformas fueron avaladas por el Partido de la Revolución Democrática y los zapatistas consideraron una “traición” que dejaran de lado la autodeterminación de los pueblos originarios en materia territorial y de justicia.

Desde entonces, los choques entre el zapatismo y el proyecto que encabeza López Obrador han sido constantes, especialmente desde La Otra Campaña (2006), en la que el subcomandante Marcos recorrió el país para crear alianzas con organizaciones sin partido en plena campaña presidencial. En mayo de aquel año, las organizaciones cercanas al zapatismo sufrieron una dura represión en Atenco ante el silencio de toda la clase política.

“Se hinca en la tierra pidiéndole permiso como creyendo de que todos los pueblos originarios lo creen y aquí nosotros le decimos, no lo creemos”, dice Moisés, quien crítica el avance de megaproyectos como el Tren Maya, que implica entrar en regiones zapatistas, particularmente en Palenque. El proyecto no tuvo una consulta previa, libre e informada d ellos pueblos, como exige la Constitución.

Y hasta el nombre molesta al zapatismo, compuesto de pueblos de habla mayense: tsotsil, tzeltal, tojolabal, chol, mam. “Todavía ponen su nombre de nuestros anteriores. No lo aceptamos. Aunque le ponga su nombre, no tiene nada que ver, si quiere así como nos preguntó, que le ponga su nombre de su mamá”.

La voz de la nueva generación

 

Lo que viene después de la demostración militar es quizás donde se cocina el futuro del zapatismo: la fiesta, el baile; y las manifestaciones estéticas de los insurgentes. Poesía individual, poesía coral, teatro y representaciones, discursos, versiones musicales y composiciones propias, danza, los jóvenes zapatistas

Por ejemplo, entonan una versión del corrido 500 balazos donde grupos como el de Josué participan con palabras propias: Declaración de la selva lacandona / Invitamos a todos a hacer la lucha / Hermanos de mundo / Somos zapatistas / Para mejorar

La mayor parte de obras hablan del Subcomandante Pedro, el mestizo que junto con Marcos fundo el EZLN en noviembre de 1983, como célula guerrillera en Las Cañadas. Pedro murió en la toma de Las Margaritas. Para él van muchos poemas e incluso una representación teatral del levantamiento del 1 de enero.

En el último acto oficial del año, Berenice, una joven zapatista, habla a nombre de la Junta de Buen Gobierno y declara en una voz que viene de una nueva generación:

“Hace más de 500 años nuestros abuelos y abuelas no eran tomados en cuenta por el sistema capitalista, porque para ellos no valemos. Solo eran esclavos de los patrones, trabajaban mucho y no les pagaban y les maltrataban como animales, sin importar la vida de la humanidad (…) Ellos y ellas ofrendaron su vida para que en el futuro las nuevas generaciones puedan vivir mejor. Ellos fueron los hombres y mujeres valientes, siempre les recordaremos porque ellos fueron nuestros maestros.”

Después de ella, la Comandanta Everlinda reitera la resistencia contra megaproyectos y el cuidado de la tierra.

Esta vez no hay bandera de México ni del EZLN. Tampoco hay himno nacional ni zapatista. Los sustituyen cuetes de fiesta, la música de Las mañanitas y En tu día y fuertes vivas a su lucha de 25 años.

 

* * *

Después de los actos políticos, artísticos, discursos y el fin de año combativo, los zapatistas anuncian algo que tiene el mismo nivel de importancia que todo lo anterior: el gran baile.

Esta vez también habrá una marea en movimiento, pero en brinquitos suaves y los saltos de cabezas rubias de algunos visitantes foráneos. Cuando se coloca el sonido, miles de personas disfrutan de cumbias texanas, quebraditas, pasitos duranguenses, polcas.

Hay que describir que en la pista no hay nadie que haya tenido la edad para combatir en la rebelión del 1 de enero de 1994. En el zapatismo, las propias fiestas y canciones han cambiado. Si durante la primera década de insurgencia mandaba La del moño colorado, ahora las cumbias duran veinte minutos: el tiempo suficiente para que insurgentes, hombres y mujeres, puedan lanzarse miradas, o evasivas, y conocerse de todos los rincones de Chiapas: Roberto Barrios, Oventik, Garrucha, La Realidad. Todos llegan en viajes de hasta 14 horas.

Las parejas son mayormente de mujeres. Ellas bailan, algunas con el típico traje tojolabal, cruzado por cintas de colores. Otras ya de pantalón.

—Compañera, ¿baila?

Silencio.

Así pasan las horas. Como en las comunidades zapatistas no hay alcohol, parece que cualquier pleito queda anulado. Ya entrada la noche, un chico punk de cabello rosado logra tomar de la mano a cuatro milicianos hombres y a tres mujeres de las comunidades zapatistas. Bailan así en círculo. De repente, otros visitantes de afuera ensanchan el círculo. Al acabar, los jóvenes insurgentes aplauden. Hasta los periodistas bailan con los zapatistas.

Rayando la madrugada, bailan las parejas más jóvenes: quince años, de botas, camisa roja y negra a cuadros, bailan los hijos de quienes combatieron para que exista esta Realidad zapatista.

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“Este trabajo forma parte del proyecto Pie de Página, realizado por la Red de Periodistas de a Pie. Conoce más del proyecto aquí: http://www.piedepagina.mx“.

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