Plantas banqueteras

Banqueteras

Por Debra Figueroa (@debrafig)

Entre los privilegios que la ciudad concede al peatón, se encuentra la posibilidad de hallar vida en grietas de muros y banquetas. Recovecos mugrosos e incómodos son el hogar de arañas tímidas y plantas obstinadas. Concreto, cemento, ladrillo… A estas últimas nada las contiene.

Indiscretas y sedientas de delicadeza, se acomodan donde pueden y convocan a moderar el paso y mirarlas. Empolvadas, con hojas simples e inflorescencias burdas –a veces bonitas–, son capaces de entorpecer la prisa ambulante a favor de su contemplación.

Expuestas al pisotón diario y la descortesía de perros meones, estas hierbas se aferran, se tuercen, resisten: viven desesperadamente. Aprovechan y administran con esmero cualquier recurso que pueda aligerar su existencia y prolongarla.

Algunos, conmovidos por su terquedad, las riegan de vez en cuando. (El coraje de los vegetales jamás asombrará al transeúnte descuidado; es la diligencia del ocioso lo que abre paso a estos hallazgos inútiles). Pero cuando se trata de verdolagas o helechos, sobra quien preste atención a las dichosas banqueteras y hasta las recoja y las trasplante.

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La indigencia de las plantas y sus ganas de vivir también se observan en otros contextos.  Ejemplo de ello son las hortalizas recién compradas que, ya en el refrigerador, continúan renovándose como apelando a la compasión del troglodita.

Quizá lo más alentador para el rescatista de vegetales descansa en la visión utilitaria que innegablemente prevalece encima de ellos. No está de más ni resulta complicado pretender una alimentación sostenible mediante modestos ejercicios agronómicos: “Estos ajos redimidos me darán más ajos”, pensamos.

Así logran volver a la tierra, airosas, las frutas y las verduras.

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Mi abuela me contó de una escoba que durante un par de semanas estuvo en su patio abandonada, recargada en la pared, barbas arriba, mientras el extremo de madera hacía contacto con el suelo, que permanecía húmedo de tanto aguacero. El patético despojo de pino, disconforme con su oficio, echó raíces ahí mismo.

Por desgracia, no pudo siquiera barrer sus propias hojas: la vieja escoba pronto fue requerida para la limpieza de la casa. Creo que sus ganas de vivir estorbaban tanto como la basura que debía barrer. De cualquier modo, me parece lamentable haber cortado su inspiración.

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