El debate, la guerra y la paz

Ernesto Núñez A.*

El diagnóstico es compartido por los cuatro candidatos y la candidata a la Presidencia: México chapotea en una crisis de violencia, inseguridad, corrupción, impunidad, injusticia, desigualdad, pobreza…

“No podemos seguir así”. Lo dicen los cinco, aunque con diferente fraseo.

Andrés Manuel López Obrador: “220 mil asesinatos en los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña (2007-2017); 36 mil desaparecidos; más de un millón de víctimas de la violencia. La violencia se desató porque no ha habido crecimiento económico en los últimos 30 años. De 2008 a 2016, con Calderón y Peña, hay cuatro millones más de pobres, 500 mil pobres más por año. Un millón de esos pobres son jóvenes”.

Ricardo Anaya: “Van ya un millón de víctimas acumuladas, solamente en los últimos dos sexenios. No está funcionando la estrategia; la tenemos que cambiar. A partir de 2014, cuando se lanzó la estrategia, la violencia aumentó en 29 de las 32 entidades”.

José Antonio Meade: “Si uno revisa la estructura de ingreso de los cárteles, hay drogas, hay trata de personas, hay huachicoleo, hay robo, hay extorsión, hay secuestro… Y nos hemos quedado cortos, porque ni prevenimos con suficiencia, ni disuadimos con la fuerza necesaria, pero sobre todo, no investigamos”.

Margarita Zavala: “Este gobierno nos falló a todos, y hoy la sociedad tiene más miedo que nunca”.

Jaime Rodríguez El Bronco: “Lo que ha generado la violencia y la maldad es la corrupción de quienes hoy gobiernan, y quienes hoy gobiernan son parte de los partidos políticos”.

Después de escucharlos, en el debate del pasado 22 de abril,varias preguntas quedan en el aie: ¿qué fue primero, la pobreza o la violencia?, ¿la corrupción o la inseguridad?, ¿la desigualdad o el crimen organizado?, ¿la ingobernabilidad o el estancamiento económico?

Enfrascados en la contienda electoral, los presidenciables resaltan sus diferencias, y son incapaces de ver su coincidencia:

Los cinco aspiran a gobernar un país tomado por el crimen organizado, destrozado por 12 años de guerra fallida contra el narco y anestesiado frente a atrocidades cada vez más graves.

Cuando creíamos que la masacre de una docena de jóvenes en el fraccionamiento Villas de Salvárcar, en Ciudad Juárez, era el límite del horror, aparecieron 72 cadáveres en una finca de San Fernando, Tamaulipas. Cuando pensábamos que el asesinato de dos estudiantes del Tec a manos de la Maria era el colmo de la ineptitud de nuestras Fuerzas Armadas, supimos que un soldado del Ejército mató al niño Brian porque su padre no se detuvo en un retén, en Tamaulipas. Cuando creíamos que el incendio del Casino Royale era lo más cerca que estaríamos del infierno, nos enteramos de que la masacre de un pueblo entero, en Allende, Coahuila, permaneció oculta tres años por miedo a Los Zetas. Cuando dábamos por hecho que se habían aprendido las lecciones de la desaparición de 43 estudiantes de la normal de Ayotzinapa, nos enteramos de que tres estudiantes de cine fueron “levantados” en Jalisco, desaparecidos, asesinados y sus cuerpos disueltos en ácido.

Y, a pesar de esta crueldad sin límites, hay presidenciables que creen que lo correcto es seguir con la guerra.

Margarita y Meade comparten esa idea. Creen que es necesario que se siga actuando “con toda la fuerza del Estado”. Son incapaces de mencionar un solo territorio recuperado con esa estrategia, pero defienden lo hecho por Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

El Bronco apuesta a la Ley del Talión: ojo por ojo, mano por mano.

Ricardo Anaya dice que es necesario cambiar la estrategia, volverla inteligente, aplicar la tecnología. Si existiera una App para reducir la tasa de homicidios, seguramente ya hubiera grabado un video para enseñarnos cómo se usa.

Y AMLO menciona una amnistía que, a la fecha, ha sido mejor explicada por dos de sus candidatos al Senado (Olga Sánchez Cordero y Germán Martínez) que por él mismo.

Pero no se equivoca AMLO cuando dice que el país necesita reconciliarse a como dé lugar, incluso trayendo al Papa Francisco. Tampoco cuando afirma que no habrá paz mientras continúen los actuales niveles de desigualdad, pobreza, desempleo y un ínfimo crecimiento económico que apenas alcanza para que las empresas de los más ricos sigan reportando utilidades.

En el otro extremo, Ricardo Anaya comparte esa idea, al menos de dientes para afuera. Así lo fue a decir el jueves pasado al Tec de Monterrey, cuando defendió su propuesta de crear un Ingreso Básico Universal para emparejar las condiciones de vida de los mexicanos, erradicar la pobreza extrema y crear una plataforma que iguale oportunidades.

“Muchas de las que están aquí y de los que están aquí tienen una suerte de ingreso básico universal; o sea, muchas y muchos de ustedes pueden estar aquí porque viven con sus papás, porque no pagan necesariamente renta o se las pagan sus papás, porque no tienen que pagar comida, porque sus papás les dan para el transporte; a muchas y a muchos les pagan las colegiaturas. Entonces, a veces es muy injusto decir ‘es que la gente va a ser floja si le damos’. Pues a la mayoría de los que estamos aquí nos dieron, y mucho”, lo dijo Anaya en el Tec. Habló de privilegiado a privilegiado. Un candidato que pudo estudiar en el extranjero, y mandar a sus hijos a vivir y estudiar inglés a Atlanta, pidió no ser injustos a estudiantes cuyas familias pueden pagar más de cien mil pesos de colegiatura al semestre.

Reconforta pensar que Anaya y AMLO, los dos candidatos punteros en las encuestas, comparten al menos una idea: sin igualdad no habrá paz.

Ya cada votante decidirá a quién creerle.

Tranquiliza saber que la candidata y los candidatos que quieren perpetuar la guerra no tienen ninguna posibilidad de ganar las elecciones. La mayoría de los votantes ya los ha abandonado.

Lo que inquieta es percatarse de que, en el primer debate, en el que se discutieron tres de los problemas más graves del país (violencia e inseguridad, corrupción y democracia) predominaron las ocurrencias, las mentiras y los silencios, sobre las ideas y las propuestas realmente novedosas.

Un dato más: durante el primer trimestre de 2018 se registraron 7 mil 667 homicidios dolosos. Las cifras oficiales indican un ritmo de 85 ejecuciones al día. Podría calcularse que, durante las dos horas que duró el debate presidencial, siete mexicanos perdieron la vida.

Y sí, fueron asesinados por otros mexicanos.

#Pásalo…

 

*Periodista de Reforma. El texto fue publicado originalmente en el perfil de facebook del autor.

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