El cantante melancólico

En la imagen, Martín interpretando melodías en el canta bar la Copa de Champagne. Foto: Alejandra Leyva.

Por: Alejandra Leyva (@chinos_rizos)

Uno

En el rincón de un piano bar, con un whiskey doble como acompañante, Martín interpreta canciones de amor que no compuso.

Es sábado por la noche y, con cuatro espectadores, Martín dice que los cantantes como él –es decir, quienes no gozan de fama y tampoco de apariciones en la televisión– no pueden darse el lujo de interpretar sus propias melodías.

El Luna Azul, bar en donde Martín canta, es singular. Como una especie de sitio que reúne la melancolía de tiempos mejores. Luces de neón color verde. Meseros recargados en la barra. Paredes tapizadas de imágenes de edificios enormes. Alfombras rojas. Cortinas de terciopelo. Espejos que reflejan no a los clientes, sino a las sillas vacías. Mesas con manteles blancos y, encima de ellas, lujosos platos con churritos tapizados de salsa Valentina y jugo limón con semillas.

Martín comienza a mover sus dedos regordetes entre las teclas blancas y negras del teclado. Uno de los meseros orina en el baño con la puerta abierta. Una nueva clienta llega y pide una cerveza, uno más pide una copa de coñac, y el bar, con la voz de Martín como fondo, continúa vacío.

En medio de este ‘desierto’, el Luna Azul brilla tenue, como un foco a punto de extinguirse. Martín sigue cantando, y en un intento por romper el hielo comienza a entablar plática con su público. Nadie le responde. “Amigos, por favor, pidan la canción que quieran”, menciona mientras uno de los clientes le pide una de Amaury Pérez: “ese wey es un poeta, cabrón”. Martín contesta con un seco sí, ignorando el entusiasmo de su cliente.

El espectáculo durará por lo menos tres horas. Él, Martín, permanecerá sentado en una silla acolchonada. No se levantará. Tampoco se moverá el micrófono que le tapa medio rostro, incluidos sus lentes obscuros Ray-Ban.

Un detalle más: Martín es ciego.

Dos

Martín Eduardo Medina tiene 38 años. Usa cuatro de sus cinco sentidos, toca instrumentos como la guitarra, el bajo eléctrico, el piano y las percusiones, es arreglista, compositor y nació con ceguera, al igual que sus otras cuatro hermanas. También ganó un concurso internacional de canto. Hoy está desempleado.

Para Martín hablar de la imposibilidad de ver es un tema tan ambiguo como lo es para el Quijote hablar sobre la realidad: “Cuando naces, aprendes a distinguir el mundo. Hablar de esto es muy relativo. En realidad se aprende a vivir sin el ver”.

Tres

El Luna Azul cerró hace seis meses. Martín está en apuros: es semana santa y la gente sale poco a divertirse. Del otro lado del teléfono, Martín dice no estar nervioso y tampoco busca perder la calma. “Algo saldrá”, dice como último recurso. “La gente no puede pasarse toda la vida encerrada”.

Martín lo tiene decidido, si no es en un bar será en un camión o en alguna presentación esporádica. “La voz y mis interpretaciones son lo que harán que salga adelante”.

Suena el teléfono. Es un mensaje de Martín. No ha conseguido una presentación. Dice no desesperase aún. «Esperemos que para el lunes, esperemos que para la próxima semana. Esperemos que pronto más bien».

Comentarios
Top