El voto inútil

Ernesto Núñez 

Todo sufragio, para ser “útil”, tiene antes que ser considerado inútil por quien lo emite.

En el fondo, es un voto traidor, pues implica un cambio de camiseta a medio partido, el abandono de una convicción, el salto mortal desde la hinchada del equipo que todo mundo sabe que va a perder, a las filas del “ganador” más probable.

“¿De qué me sirve votar por Cuauhtémoc Cárdenas, si a él ya no le dio para sacar al PRI de Los Pinos?”, habrán (habremos) pensado, con pragmatismo, ilusión y cierta dosis de inocencia, quienes decidieron (decidimos) el 2 de julio del 2000, abandonar al ingeniero para propiciar la derrota del PRI y el triunfo de un Vicente Fox que, a 18 años de distancia, es recordado más por las chistosadas que decía (cuando era chistoso), que por alguna postura política que estuviese a la altura del momento histórico que le tocó encabezar.

“¿Para qué voto por Roberto Madrazo, si esto ya es entre Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador?”, pensaron miles de priistas de Sonora, Tamaulipas, Estado de México, Veracruz y otros enclaves del tricolor que, en 2006, decidieron traicionar a su candidato presidencial, para darle un empujoncito al panista que podía vencer a AMLO.

En nuestra breve historia democrática, la estrategia del “voto útil” tuvo registro también en 2012, cuando miles de panistas abandonaron a Josefina Vázquez Mota para impedir que López Obrador alcanzara a Enrique Peña Nieto en la recta final de la campaña. Algunos panistas han confesado, años después, que esa estrategia se echó a andar desde Los Pinos, cuando una encuesta a finales de mayo mostró que el tabasqueño ya le pisaba los talones al ex gobernador del Estado de México, luego de su “viernes negro” en la Ibero y el surgimiento del movimiento #YoSoy132.

El “voto útil” suele desfondar a los candidatos que son traicionados por sus huestes. Cárdenas (con un 16.5 por ciento en las elecciones de 2000), Madrazo (con el 22 por ciento en 2006) y Josefina (con el 25.6 por ciento en 2012), se fueron al tercer lugar, después de que sus bases, o los propios operadores políticos de sus partidos, decidieran desahuciarlos.

Impacta a los partidos que postulan a los candidatos considerados inútiles, pero no los destruye. Son un golpe en la línea de flotación de esos organismos políticos; sin embargo, históricamente todos han sobrevivido a ello.

Los perredistas, que abandonaron al ingeniero Cárdenas en 2000, estuvieron a punto de llevar a AMLO a Los Pinos en 2006. Los priistas, que traicionaron a Madrazo en 2006, llevaron a Peña Nieto al poder en 2012. Los panistas, que dieron la espalda a Josefina en 2012, hoy están con Anaya, sienten que tienen candidato, e incluso apelan a la misma estrategia.

Ricardo Anaya ha comenzado a llamar al “voto útil”. Seduce a los simpatizantes de José Antonio Meade y Margarita Zavala, con el señuelo de que él es el único capaz de impedir que López Obrador gane las elecciones.

Experto en traiciones, el candidato del Frente ha fincado sus posibilidades de triunfo en propiciar la traición de priistas y zavalistas a sus equipos.

Pasaron tres sexenios para que un panista volviera a recurrir a esta estrategia. Pero, a diferencia de las elecciones de 2000, el “voto útil” de Anaya no es una idea de cambio o un proyecto político (sacar al PRI de Los Pinos, lograr la alternancia), sino una maniobra para mantener el status quo.

No es una campaña con asidero en las calles, los pueblos, los mítines y los templetes, sino una conspiración que se fragua en hoteles y cafés de Polanco, con la convergencia de ex funcionarios del gobierno de Fox, gobernadores, perredistas profesionales de la grilla acostumbrados a ganar perdiendo elecciones, empresarios, “comentócratas”, representantes de la “sociedad civil” y unos cuantos priistas.

El “voto útil” de 2018 no es una idea que entusiasme y convoque, ni el punto de partida para construir algo nuevo. De hecho, cuando Anaya expone su proyecto de país, lo hace en 20 minutos. El “peligro” que dice querer conjurar es un candidato que no hace campaña de conferencias de prensa en Polanco, que va a las comunidades a proponer un país, y habla una hora en promedio en cada uno de los tres mítines que encabeza diariamente… y los asistentes le piden que no se calle.

Anaya tampoco ha explicado por qué él sí, y por qué no Meade o Margarita. Transcurrido un mes de campaña, y a 55 días de las elecciones, ¿alguien sabe en qué son distintos los tres?

El “voto útil” 2018 no ofrece cambio, esperanza, ilusión o un país de ensueño. Lo mueve el miedo, el rencor, el clasismo y, en el mejor de los casos, la incertidumbre.

Al nacer de la traición, muy probablemente no pase de ser, solamente, un voto inútil.

#Pásalo

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