¡Llegaron las pitayas!

Pitayas

Por Debra Figueroa (@debrafig)
Fotografía: Salvador R

6 de mayo de 2015.- Entre abril y junio abundan los canastos cubiertos de alfalfa y el regateo a media calle. Escuchamos “¡Pitaaaaayaaaaas!“, y salimos corriendo con el monedero a cazar al vendedor. Rosas, rojas, amarillas, naranjas, verdes, blancas…, el experimentado las distingue aun cerradas; pero las mejores son, sin duda, las reventadas: éstas, además de revelar su color, son las más dulces.

El comedor de pitayas es capaz de devorarlas de pie en el mismo sitio en que las compra. (Los dedos pintados son una consecuencia natural de la temporada). Como si fueran papitas, ingiere una y luego otra, y otra, y otra… hasta que considera que su estómago y su espíritu deberían estar satisfechos; pero eso nunca pasa: el pudor hace que frene y pida otras 30 en bolsita. Quisiera llevarse la canasta.

Condicionadas por el temporal, discretas y misteriosas, las pitayas revisten un sabor por el que suspiramos todo el año. Su cubierta erizada y hostil no sugiere nada acerca de la peculiar textura que resguardan: hebras zigzagueantes organizadas en función de la colorida bola que conforman; y entre ellas, semillas pequeñitas, negras y crujientes que no estorban al que come.

La pitaya es el fruto de la cactácea Stenocereus queretaroensis, conocida como pitayo, planta que abunda en los paisajes del centro y norte del país. Desde la carretera, entre guamúchiles y nopales, uno alcanza a ver sus figuras –algunas humanoides– erguidas, prominentes y espinadas, con varios brazos apuntando al cielo.

(No hay que confundir la pitaya con la pitahaya, fruto comestible que, pese a tener un nombre parecido –al menos en México–, proviene de una cactácea de otra especie, la Hylocereus undatus. ¡De ésta hay hasta en Tailandia!).

Apenas empieza la producción, las Nueve Esquinas nos deparan un paraíso pitayero. De Techaluta de Montenegro y otros municipios muy al norte y sur de Jalisco vienen estas delicias redonditas. A nosotros nos toca verlas ya sin espinas, manzas e inofensivas, o en panes, ponches, nieves y pulques curados.

Ya en junio, preocupados por las lluvias que se aproximan, corremos a comprar lo último; hacemos tratos desesperados con los vendedores para prolongar, unos días más, la dieta de la pitaya.

Pitayas

La ronda de las pitayas, por Salvador R

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