Los “tráilers de la muerte” y el mito de Antígona. Por Marcela Turati 

Marcela Turati

Fotos vía @jnlomeli

Los “tráilers de la muerte” me hacen pensar en el mito de Antígona.

Cuando sus hermanos hacen guerra para conseguir el trono y ellos se matan entre sí, el rey Creonte lanza un edicto para que Polínices -uno de los hermanos- no sea “enterrado dignamente y se dejara a las afueras de la ciudad al arbitrio de los cuervos y los perros”, con lo que condenaba a su alma vagar eternamente por la tierra. Quien lo llorara y enterrara sería condenado a muerte, lapidado.

Antígona, pasando por encima de las leyes de los hombres, y siguiendo los dictados de su corazón, decide enterrar a su hermano con todos los ritos que merece un cadáver.

Aquí unos fragmentos de la tragedia griega, tan vigente estos días en los que vemos a gobernantes inhumanos que dejan a cadáveres descomponerse a su suerte y muchas Antígonas -madres, hermanas, hijas- arriesgándose para regresar a sus seres queridos a casa:

ISMENE Pero, ¿es que piensas darle sepultura, sabiendo que se ha públicamente prohibido?
ANTÍGONA Es mi hermano —y también tuyo, aunque tú no quieras—; cuando me prendan, nadie podrá llamarme traidora.
ISMENE ¡Y contra lo ordenado por Creonte, ay, audacísima!
ANTÍGONA El no tiene potestad para apartarme de los míos (…) yo voy a enterrarle, y, en habiendo yo así obrado bien, que venga la muerte: amiga yaceré con él, con un amigo, convicta de un delito piadoso; por más tiempo debe mi conducta agradar a los de abajo que a los de aquí, pues mi descanso entre ellos ha de durar siempre. En cuanto a ti, si es lo que crees, deshonra lo que los dioses honran.
ISMENE En cuanto a mi, yo no quiero hacer nada deshonroso, pero de natural me faltan fuerzas para desafiar a los ciudadanos.
ANTÍGONA Bien, tú te escudas en este pretexto, pero yo me voy a cubrir de tierra a mi hermano amadísimo hasta darle sepultura.

*

(Cuando ella es descubierta)
GUARDIÁN. Fue así la cosa: cuando volvimos a la guardia, bajo el peso terrible de tus amenazas, después de barrer todo el polvo que cubría el cadáver, dejando bien al desnudo su cuerpo ya en descomposición, nos sentamos al abrigo del viento, evitando que al soplar desde lo alto de las peñas nos enviara el hedor que despedía (…) entonces, de pronto vimos a esta doncella que gemía agudamente como el ave condolida que ve, vacío de sus crías, el nido en que yacían, vacío. Así, ella, al ver el cadáver desvalido, se estaba gimiendo y llorando y maldecía a los autores de aquello. Veloz en las manos lleva árido polvo y de un aguamanil de bronce bien forjado de arriba a abajo triple libación vierte, corona para el muerto; nosotros, al verla, presurosos la apresamos, todos juntos, en seguida, sin que ella muestre temor en lo absoluto, y así, pues, aclaramos lo que antes pasó y lo que ahora; ella, allí de pie, nada ha negado (…)
CREONTE (a Antígona) Y tú, tú que inclinas al suelo tu rostro, ¿confirmas o desmientes haber hecho esto?
ANTÍGONA. Lo confirmo, si; yo lo hice, y no lo niego.
CREONTE. Dime brevemente, sin extenderte; ¿sabías que estaba decretado no hacer esto?
ANTÍGONA. Si, lo sabía: ¿cómo no iba a saberlo? Todo el mundo lo sabe.
CREONTE. Y, así y todo, ¿te atreviste a pasar por encima de la ley?
ANTÍGONA. No era Zeus quien me la había decretado, ni Dike, compañera de los dioses subterráneos, perfiló nunca entre los hombres leyes de este tipo. Y no creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para permitir que solo un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe cuándo fue que aparecieron. No iba yo a atraerme el castigo de los dioses por temor a lo que pudiera pensar alguien: ya veía, ya, mi muerte –y cómo no?—, aunque tú no hubieses decretado nada; y, si muero antes de tiempo, yo digo que es ganancia: quien, como yo, entre tantos males vive, ¿no sale acaso ganando con su muerte? Y así, no es, no desgracia, para mi, tener este destino; y en cambio, si el cadáver de un hijo de mi madre estuviera insepulto y yo lo aguantara, entonces, eso si me sería doloroso; lo otro, en cambio, no me es doloroso: puede que a ti te parezca que obré como una loca, pero, poco mas o menos, es a un loco a quien doy cuenta de mi locura.

*

Cuando se decreta su muerte, y ella defiende su acción de haber enterrado a su hermano, de honrar a un muerto, dice:
“No nací para compartir el odio sino el amor.”


*

Pienso en esos cuerpos anónimos, Polínices que vagaron durante meses dentro de un tráiler, dejados a la descomposición -sólo porque no podían dejarlos a que los comieran perros y cuervos-, queriendo ocultarlos por decretos de gobernantes que no quieren darles un entierro digno, que no permiten a sus familiares que los lloren -porque no hay voluntad para identificarlos-, que les prohíben hacerles los rituales para darles un descanso digno.

La buena noticia es que en México hay miles de Antígonas saltándose los absurdos decretos gubernamentales, que siguiendo las leyes del corazón, recorren terrenos baldíos, irrumpen en morgues, revisan registros con descuidados reportes de cuerpos, se abren paso hasta las fosas aunque guardias lo impidan -como en Arbolillo-, escarban (Ojo que no excavan, lo que hacen es escarbar) con sus uñas y el corazón a flor de piel, descubren fosas hechas por el mismo gobierno o persiguen tráilers itinerantes llenos de cuerpos, hasta devolverles identidad, hasta que regresen a casa, hasta darle una sepultura digna, para que descansen en paz.

 

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