Proyecto Ruelas: cuando el teatro sí cura el alma

 

 

 

 

Decir que el teatro cura el alma puede ser un lugar común. Pero cuando mujeres de comunidades pobres superan la condena que los usos y costumbres les imponen, entonces la frase cobra sentido. Eso ocurre con Proyecto Ruelas, un experimento artístico que por medio del teatro permite a quienes lo practican entender que la vida no es lo que otros dicen que debe ser.

Texto: Daniela Rea. Fotos: Cortesía de Raquel Araujo Madera y Sara Piendo

 

Primera llamada

GUANAJUATO a 23 de octubre de 2016.- Puerto de Valle y Pozo Blanco son dos comunidades rurales de Guanajuato, ubicadas en Salamanca y San José Iturbide. Están rodeadas de campos rebosantes de granos y hortalizas, maquinaria y canales de riego, pero las comunidades son pobres. Hace muchos años que las tierras pasaron a manos de grandes agricultores y hoy estos surcos ya no alimentan a sus habitantes, pues lo que produce es destinado a la exportación. Así la gente decidió también migrar a Estados Unidos. Quienes aún viven aquí trabajan como jornaleros, albañiles, peones.

Estas tierras fueron despojadas de sus frutos y sus hijos. Hoy quedan menos de 600 personas en cada poblado. En el estado, el 46 por ciento de la población vive en pobreza.

La agricultura y la ganadería industrializada ha traído para los habitantes el fin de la agricultura de subsistencia, además del agotamiento y contaminación de la tierra y el agua. Hace unos 30 años Pozo Blanco tenía 34 pozos de agua, de ahí su nombre, hoy sólo queda uno para uso de la comunidad.

“Los hombres que quedan aquí en Pozo Blanco -dice Mary, una joven habitante del lugar- son jornaleros, hacen tabiques. O peones de albañil o migrantes. Las mujeres son empleadas de la fábrica, de la maquila o algunas limpian casas ajenas”.

“Mi comunidad es un lugar muy rural, somos 540 habitantes, hay mucha flora, mucha fauna, pocas viviendas. Casi no hay empleo. Las personas tenemos que migrar, por ejemplo mi papá tiene que ir a otras comunidades a trabajar”, dice David, estudiante de 14 años.

En Puerto de Valle la realidad es similar. La hombres que quedan son jornaleros y las mujeres se emplean en la producción y procesamiento del nopal. Generaciones enteras han pasado sus vidas pelando diariamente 4 costales de nopal para ser exportado.

“En Puerto de Valle tenemos nuestra realidad, el gobierno no nos escucha, nos tiene siempre hasta abajo. El campesino según es el que da la vida, pero el campesino ya no vive”, habla Mayra García.

Después del trabajo no hay mucho qué hacer, acomodarse bajo un poste de luz a beber alcohol, ver la televisión o encerrarse en la casa con los hijos.

“Fíjate que hay depresión, las mujeres jóvenes nos vemos o nos ven como que para atender al marido, tener hijos y dedicarnos al hogar. Aquí no hay para los estudios, para nada, nada. La mayoría sale de la secundaria y tenemos que buscar un trabajo en la maquila que paga 700 a la semana, hasta que se vaya con el novio o se case”, dice la joven Mary.

Las comunidades también se están quedando sin ilusiones.

 

Segunda llamada

Un día del año 2014 un par de jóvenes desembarcaron en Puerto de Valle, Salamanca. El horizonte estaba lleno de nopaleras, tan verdes y tiernas que ese cactus brillaba al sol. Pasando los campos sólo quedaban calles de tierra seca y algunas casas. En una de ellas un grupo de mujeres los esperaba. Las habían reunido los del municipio con un anuncio “una maestra de teatro va a venir a enseñarles teatro para que hagan una obra de teatro”. De manera automática respondió el grupo que de por sí va a las juntas de los programas sociales.

Con sorpresa, las mujeres vieron entrar a una joven de ropas cómodas y tatuajes en los brazos. Se presentó como Sara Pinedo. No era la maestra que esperaban. A alguna de ellas, como Rosalba, los tatuajes le recordaban a aquellos que su hijo se hizo y por los cuales tanto lo regañó. A otras les pareció más uno de esos jóvenes callejeros sin nada qué hacer. Ese día las mujeres no hablaron. Con el paso de los días, ese grupo numeroso se redujo. Les incomodaba hablar de cosas tan íntimas o personales la relación con sus hijos o sus maridos, la explotación de la tierra y sus cuerpos.

Al final solo quedaron 16 mujeres en esa habitación.

En el año 2014 la dirección del Festival Cervantino creó un programa que intentaba volver al origen de las fiestas que impulsó Enrique Ruelas como antecedente de este evento: que el teatro y el arte transformen la vida de las personas. En honor a él se le llamó Proyecto Ruelas y se enviaron a cuatro directores a trabajar puestas en escena a comunidades de Guanajuato rurales o urbanas marginadas o en riesgo de violencia.

Así fue como Sara Pinedo y Raquel Araujo llegaron a Puerto de Valle y Pozo Blanco; y Juliana Faesler y Luis Martín Solís a otros poblados del estado.

Sara recorrió la comunidad invitando a hombres a sumarse, pero no tuvo suerte. Así se concentró con las 16 mujeres que sobrevivieron a sus preguntas y propuestas. Les entregó el libreto de “La Tempestad”, de Shakespeare y casi de inmediato se dio cuenta de su error. Muchas de estas mujeres no sabían leer. Entonces, propuso repasar la obra elegida y trabajar en colectivo y en el presente los temas que inquietaron al dramaturgo inglés: la esclavitud, la maternidad. Como dramaturga y amante de la palabra escrita Sara aprendió a no depender de ella y a trabajar con la memoria personal.

Además del desafío concreto de empezar el montaje de la obra, el equipo enfrentó otro reto.

“Las mujeres tenían miedo a salir en la obra, a la familia, al marido. En la comunidad las catalogaron como las ‘sinquehacer’ porque el teatro rompió la vida cotidiana de sus casas y de las calles”, recuerda Sara, “les decían ‘ahí van las sinquehacer, allá andan las sinquehacer’”.

El resultado del trabajo de algunos meses fue brutal: en los ensayos las mujeres hablaron de algo que no se habían dicho ni a sí mismas. Mayra García compartió con sus compañeras cómo se sentía con una vida dedicada a pelar nopales y su pena por parir a una hija condenada a lo mismo; Guille habló de sí misma como la madre, el origen, la sufriente, la obligada; Rosalba recordó al hijo que le fue arrancado por la migración.

En octubre del 2014, las mujeres de Puerto de Valle estrenaron su versión de “La Tempestad”, le llamaron “Todos somos Calibán” y presentaron su palabra y su historia por primera vez al público. Más que una obra de teatro, era un retrato íntimo de su vida y su comunidad. Muchas de ellas salían por primera vez de sus hogares o pasaban un día entero sin sus maridos o hijos.

Mayra García relató que en los ensayos conoció al personaje de Sycorax, madre de Calibán, el esclavo, y se identificó con ella. “Si yo Mayra fuera gobernadora de la isla, les haría una nueva ley, una reforma a las mujeres y les pagaría un precio justo al nopal, estable. Mi hija desde los 8 años pela nopal, yo desde que era niña también. Cuatro costales diarios. Es una cadena interminable de esclavitud, yo quisiera que se acabara porque si no pelamos no comemos”, dijo sin interrumpir el movimiento ya automatizado y perfeccionado: raspar las espinas del cactus con una fina navaja, sin robarle carnita.

Rosalba, una de las mujeres más tímidas, dijo ante cientos de desconocidos que miraban de pie o desde los balcones la obra. “Nos quedamos sin los muchachos, el pueblo está de puras mujeres, se los están llevando. A mí me pone triste porque el norte se los lleva y ya no los deja venir”. El norte se había llevado a su hijo Juan, el de los tatuajes, y esa tarde de octubre del 2014 ella pintó en su pecho su nombre para invocarlo. Rosalba lloró y recordó el momento en que Juan le pidió memorizar bien esos tatuajes, para reconocerlo pronto si moría de sed en el desierto.

Al unísono, las mujeres que nunca habían hecho teatro gritaron sin concesión: ¡parimos esclavos!.

Dos años después, las 16 mujeres permanecieron. Y el siguiente trabajo fue montar “La dama boba” de Lope de Vega. Si con “Todos somos Calibán” pensaron en la esclavitud moderna, la historia escrita en el siglo de oro español les hacía pensar en cómo desde niñas son preparadas para el matrimonio, la casa, los hijos. La puesta en escena fue una boda, la que siempre quisieron hacer consigo mismas.

Con guantes y cubrebocas escenificaron la línea de una maquila: de una gigante olla sacaron una muñeca de trapo, la peinaron, vistieron, envasaron y etiquetaron. Repitieron monótono el ejercicio mientras sonaba “La cosecha de mujeres”. Después, de esa misma olla gigante, las mujeres de la línea tomaron una muñeca de trapo tamaño real a la que arrancaron brazos, piernas; abrieron su tórax y sacaron el relleno hecho de ropa de mujeres: herencia, explotación.

Listas para su boda, las mujeres sacaron de viejos velices los vestidos que usaron en su propia ceremonia hace 30, 40 años y ante esos trajes arrugados, empolillados, y hablando a la que fueron, se interpelaron:

“Este es mi vestido. Me trae buenos y malos recuerdos. Está sucio, no es porque sea floja, sino porque si lo lavas es de mala suerte. Mi esposo me robó porque dijo que uno roba lo que es suyo y sólo pide prestado lo ajeno”, dijo Araceli.

“Yo fui pedida, pusimos 6 meses de plazo y se me fue el tiempo. Un día ya era la boda, ¡apúrate que ya va a ser el día que te cases!, ¡apúrate que ya te está esperando tu limusina!, ¡Nah! ese es un carro donde cargan ladrillos. Y pues me subí, y esa es mi historia de amor”, recuerda Chencha.

“Me casé hace 27 años, yo no quería a mi esposo, yo le decía ¡cómo me caes gordo!. Acarreábamos agua de los pozos de regado. Yo no lo quería, si lo hubiera querido más pronto se hubiera hecho. Mi mamá le dio matarile a las gallinitas para la boda, pero no alcanzó, no hubo baile ni pastel ni película. Mi hijo dice, ay mami ¿por qué no hay película? porque se fue la luz, le digo. Ay mami ¿y por qué tu boda no fue más próspera? ¿No tienes recuerdos de nada entonces? ¡Pues sí hijo, te tengo a ti que eres el principal!”, confiesa Cande.

“Cada que veo mi vestido me hace recordar cuando era joven y delgadita y bonita. Yo sí tuve todo, pastel y brindis y baile. Pero lo más importante no lo tuve, yo quería mi vestido blanco, pero como ustedes pueden ver es beige. Mi marido me llevó a la fuerza y cuando una era pedida merecía el blanco, pero como a mí me robaron no lo merecía. Siempre dije que no lo iba a perdonar, pero sí lo perdoné. Tengo 32 años de casada, 3 hijos, 1 nieto y 2 nietas. Y los quiero mucho y a mi marido también lo quiero y lo sigo perdonando”, lamenta Jose.

“Como ven, este no es un vestido de novia, es la ropa que uso a diario, playera, pantalón. Tengo 19 años y no pienso aún en casarme. Voy a la calle, a los bailes, no tengo obligaciones. Pero a veces sí me dan ganas de casarme, darle un nieto a mi madre, pero no, así no. Quiero estudiar por si me toca un marido borracho, pueda irme yo a trabajar y mantener a mis hijos. Sí sueño con casarme, con un vestido blanco y unos taconsotes para crecer un poquito más. Y que haya baile…”, dice Sol.

Muchas de las historias que aquí se contaron, fueron enmudecidas durante los ensayos de la comunidad y sólo encontraron salida ante oídos ajenos a la vida cotidiana del pueblo y sus mujeres.

La boda transitó de un “decálogo de la mujer perfecta”, todo aquello que les dijeron desde niñas al día de su matrimonio -aprende a lavar en un río, tejer pañalitos, hacer tortillas, rendir el dinero, obedecer a tus suegros, obedecer a tu esposo, trabajar en el campo, calladita te ves más bonita-, hasta los consejos que ellas hubieran querido recibir o los que darán a sus hijas después de su propia experiencia.

Las mujeres sacaron de una canasta las novias empolvadas de su pastel de boda, esas figuras cursis y perfectas de merengue, plástico o cerámica. Algunas le dijeron su propio nombre, como si estuvieran hablando a la que fueron hace 30, 40 años; otras, las más jóvenes, a sus hijas o las que apenas están por venir: no te cases tan chiquilla, no permitas que tu marido te maltrate, disfruta tu juventud porque el matrimonio es para toda la vida, ve a los bailes y a andar en bicicleta, vive feliz, disfruta a tus hijos de chiquitos porque grandes ya se van, una mano lava a otra mano, ‘así nosotras, ayuda y ayuda entre nosotras’.

“¿Qué es el empoderamiento en la comunidad?”, se preguntó Sara en el proceso. “Salir de la casa, volver con otro tipo de conocimiento”

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Para Raquel Araujo el Proyecto Ruelas comenzó con la invitación de montar Shakespeare. La idea le pareció una locura. De por sí hacerlo con actores profesionales es complejo, ¿qué iba a pasar con una comunidad de albañiles y maquiladoras? “Estuvimos a punto de tirar la toalla, pero nos enamoramos de la gente”, recuerda.

En las estériles tierras que aún les pertenecen, los habitantes guardaban un secreto. Una pequeña construcción que hasta hace poco había sido casa de lectura. El espacio nació como un jardín de niños años atrás, cuando la familia Estrada, al ver que no había espacio para los niños, donó el terrenito y con las remesas de los paisanos los abuelos lo construyeron. El kínder tuvo actividad varios años, Lulú Estrada era la profesora. Cuando el municipio construyó una escuelita, el espacio quedó como sala de lectura hasta que Lulú entró a trabajar y lo cerró. Con sincronía llegó el proyecto Ruelas.

Raquel intentó concentrarse en lograr un trabajo que tuviera el interés artístico del Festival, pero en el camino priorizó a la comunidad. Así llevaron talleres de cultivo orgánico, electricidad, costura, pintura. “Nos hemos sentado a su lado con esa impotencia de pensar en quiénes toman las decisiones sobre nosotros, sobre la vida de tantos, sobre la vida futura de esta rebanada de nuestro país”, dice Raquel que prácticamente se mudó con su equipo de Yucatán, de donde es originaria.

Diego Ríos tenía 11 años cuando Ruelas llegó a Pozo Blanco. Él, como todos los niños de la comunidad, ayudaba a su padre en la faena. Por las mañanas acudía a la escuela, luego a trabajar de peón, el trabajo más pesado de la construcción: batir mezcla, acarrerar cubetas de agua, costales de tierra, volver a batir. “Yo soy el chalán de él, él me manda y yo lo obedezco para que juntos hagamos el trabajo”.

Decidió acercarse al proyecto de teatro porque nunca había visto una obra. El primer día tenía las manos llenas de cal. Raquel veía en Diego la posibilidad de que algo pudiera cambiar en Pozo Blanco. En las calles, por ejemplo, percibía una agresividad de los chavos hacia las chavas; sentía cierto anonimato de los niños o los jóvenes o las madres cuya crianza los había dejado en el anonimato al pertenecer a familias tan grandes; ni hablar del alcoholismo o de la violencia intrafamiliar, de los hogares fracturados por la migración. De alguna forma Raquel quiso ofrecerles una relación personal, una posibilidad de sentirse “yo” y de que ese “yo” le importa al resto.

Así fue como llegaron al montaje de Don Quijote, que renombraron como “Los Quijotes de Pozo Blanco”. La obra partió de la propuesta del caballero andante a Sancho Panza: conócete a tí mismo, así podrás conocer al otro. Para Raquel, de alguna forma el proyecto Ruelas es una mirada recíproca.

En la presentación el público pudo conocer a los quijotes de ese pequeño poblado:

«Yo soy un Quijote porque cuando me voy a la escuela observo el paisaje, escucho los pajaritos y siento el sol que va saliendo atrás del campo. Don Quijote era un señor que estaba loco y yo pues me creo como que luego estoy loco de la inteligencia porque me gusta imaginar cosas, por ejemplo que un día seré un astronauta», David.

«Sí me considero una Quijote porque toda mi vida la he dedicado a luchar por un ideal, por una causa. Mi ideal es que todos fuéramos iguales, que no haya razas ni colores, siempre en armonía todos. Don Cervantes nos enseñó a conocerte a ti mismo y no es tan fácil, pero yo descubrí que puedo luchar desde mi trinchera por el bien de los demás. Todo lo que haces por ti en realidad es por los demás y eso es de nuevo por ti», Lulú, maestra voluntaria de la comunidad.

«Creo que ya me siento un Quijote porque descubrí que puedo dedicar mi vida a hacer lo que más me gusta, que es el teatro y la lectura, y no a morirme triste en una maquila», Mary, responsable de la sala de lectura de la comunidad.

 

 

Tercera llamada

El proyecto Ruelas cumplió tres años este 2016 y parece haber encontrado un ritmo más allá del Cervantino. Las mujeres de Puerto de Valle participaron en la Muestra Nacional de Teatro en el 2015 (fue la primera vez en su vida que durmieron fuera de casa y dejaron a los hijos con el marido) y algunos integrantes de Pozo Blanco viajaron a Yucatán al festival de Teatro, además decidieron crear su propia Casa de Cultura, para ofrecer otras opciones además del escenario.

Hay problemas concretos. Por ejemplo, los tiempos presupuestales del Festival presionan los tiempos y lazos del trabajo comunitario, el calendario establece fechas para llegar, montar, salir hasta el siguiente año. “Es difícil llegar, establecer lazos y que esos lazos se desdibujen tan pronto”, dice Sara Pinedo.

Además los habitantes de los pueblos no reciben un salario como el resto de los artistas que se presentan en los escenarios cervantinos. Éste ha sido tema recurrente en las mesas de evaluación.

“Hay gente que no se acerca si no hay dinero de por medio, son comunidades marginadas y el tiempo que dedican al proyecto es tiempo que dejan de generar ingreso para su familia”, dice Sara quien decidió apartar una partida del presupuesto de producción para pagar al menos las funciones a las mujeres de Puerto de Valle, lo que les ha permitido algunas veces llevar un ingreso mayor al de sus maridos a casa.

Otro problema es que no todas las experiencias han cuajado igual. Puerto de Valle y Pozo Blanco han tenido constancia a lo largo de estos 3 años, pero otras comunidades -como estudiantes de Guanajuato- quedaron en el camino. O la colonia San Juan de Abajo, en la periferia de León.

“Es muy difícil generar comunidad en San Juan -dice Sara, que tuvo este 2016 el proyecto a cargo-. En Puerto de Valle hay comunidad, pero aquí no. Aunque ambos lugares tienen pobreza y carencias, pero las relaciones sociales en San Juan son más adversas. Es una colonia rural que fue alcanzada por la urbanización, tiene fronteras internas, externas, imaginarias, reales; está dividida por la carretera, la vía del tren, en terrenos irregulares. El robo es una práctica habitual que no se ve como violencia, sino sobrevivencia”. Este fue el primer año que Sara trabajó ahí con la obra “La Ciudad”, la propuesta es continuar.

¿Qué sigue cuando se baja el telón, cuando las luces se apagan y cada una de las Damas, los Calibanes, los Quijotes vuelven en silencio a casa?

“Me ha hecho más abusada, mal que antes era con mucho miedo, ahora ya no. Empezamos a hablar de nosotras mismas y eso ha sido muy bonito, no importa que nos digan las ‘sinquehacer’, ellos de la comunidad no saben qué es esto del teatro”, dice Guillermina, de 63 años.

“Verá, Dios no me dio el don de ser casada, quien sabe por qué, mi don fue el de quedarme a cuidar hasta el fin a mis papás y con esto del teatro ha sido una suerte de conocer más partes, de tener otro destino más contento. Eso es muy bonito”, dice Cuca de 52 años.

“Mi esposo no le gusta eso del teatro, pero aunque él no venga, él aprende porque yo llevo el conocimiento a la casa y ya aprendió que también tiene que cuidar a los hijos cuando yo me salgo a trabajar en las funciones”, dice orgullosa Candelaria, de 51 años.

“El teatro ha sido muy bonito, me ha ayudado a trabajar en equipo, a imaginar cosas que no sabía, me gustaría estudiar medicina o astronomía. Quiero contar la historia de mi comunidad, me dio curiosidad de hacer un árbol genealógico, profundizarme en esa memoria de mi familia en la comunidad, que llegó de muy lejos por la guerra cristera, quiero encuestar a las personas que tengan conocimiento”, anhela Diego.

“Nuestra apuesta es que Pozo Blanco pueda trabajar con La Rendija, la pequeña compañía teatral que tenemos en Yucatán, que tiene una clínica para fortalecer el trabajo de jóvenes directores”, dice la directora Raquel.

Sara Pinedo imagina el final de esta obra. Quiere pensar que para el 2017 cada comunidad gestione sus propios proyectos, le gusta imaginar que suelta a las mujeres y que ellas continúan dirigiendo a los niños del pueblo.

“Me gustaría que el teatro se vea como un motor de sus vidas, una posibilidad real, no sólo pelar nopal o ser albañil -explica Sara Pinedo-. Por lo pronto, creo que el teatro a todos nos ha permitido saber qué rol nos pone la sociedad, qué rol asumimos y qué rol queremos jugar. Y así, en mayor o menor medida, asumir una responsabilidad”.

*Este trabajo forma parte del proyecto Pie de Página, realizado por la Red de Periodistas de a Pie. Conoce más del proyecto aquí: http://www.piedepagina.mx

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