Siete años sin Plaza Pública de Granados Chapa

Ernesto Nuñez A.*

Ciudad de México a 16 de octubre de 2018.- El último día que nos mandó su Plaza Pública, lo hizo, como siempre, antes de las 6 de la tarde. pues Miguel Ángel Granados Chapa no se permitía retrasar un cierre editorial.

En aquella columna, del 14 de octubre de 2011, Granados anunció su muerte… “Ésta es la última vez en que nos encontramos. Con esa convicción, digo adiós”, dijo a los lectores de varias generaciones que durante décadas paseábamos a su lado por esa plaza de los asuntos públicos.

El 16 de octubre, la noticia de su muerte nos llegó puntual, horas antes del cierre. Era domingo, y nos permitió dedicarle una edición especial del suplemento Enfoque.

Todos a quienes invitamos a escribir de Granados Chapa recordaban una anécdota, una vivencia, una diferencia, una discusión, una alegría, una angustia compartida… una enseñanza. Lectores, amigos, compañeros, colegas y protagonistas de sus columnas describieron a un periodista cabal y analítico, crítico del poder y de los poderosos.

En lo personal, yo tenía muy fresco el recuerdo multifacético del Granados Chapa de una portada de Enfoque del otoño del 2008, cuando el Senado le otorgó la medalla Belisario Domínguez.

Aunque hoy, siete largos años después de su despedida, tengo más presente mi primer recuerdo de Granados Chapa, a través de su Plaza Pública, que leí en La Jornada y en El Financiero cuando era estudiante, a finales de los 80 y principios de los 90. Recuerdo su revista Mira, a donde fui a pedir trabajo de auxiliar, cuando tenía 19 años. Y me acuerdo también de su clase de Régimen y Desarrollo de los Medios de Comunicación en México, que impartía en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

La Plaza Pública se me volvió lectura habitual cuando ambos entramos a Reforma, en 1993; yo como un imberbe tallerista, aspirante a reportero y él como uno de los más influyentes columnistas del país. Su Plaza Pública era columna vertebral de nuestras planas editoriales.

Después, coincidimos en algunas sesiones de la Cámara de Diputados, a donde el maestro acudía a hacer crónica parlamentaria con regularidad, paciencia y humildad. Actuaba como uno más de nosotros en el balcón de prensa (el “corral de la ignominia”, como lo bautizó Muñoz Ledo), y hasta se acercaba a los que éramos más jóvenes y vivíamos en San Lázaro, para confirmar un dato o indagar sobre la biografía de algún diputado.

Reportero de principio a fin, Granados cuidaba tanto el dato exacto como la puntualidad; el contexto, como el lenguaje preciso. Exactitud, oportunidad, profundidad y precisión eran las virtudes de la columna que publicó rigurosamente de domingo a viernes, con escasas excepciones.

No recuerdo que en sus clases nos dijera que esas eran las cuatro principales virtudes del buen periodismo, características esenciales para la existencia del oficio mismo, pero él nos enseñaba eso todos los días, de la mejor manera: practicándolo.

Era un periodista ejemplar, que pregonaba con el ejemplo.

No hay duda, siete años sin su Plaza Pública han sido siete muy largos años…

*El autor es periodista de Reforma.com. Texto publicado en ernesto.chaman.

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