Siete razones para olvidar a los árboles | OPINIÓN

Crecimiento urbano irregular

Por: Juan Felipe Cobián* (@juanfe_cobi)

(Fotografía: Arturo Campos Cedillo.)

18 de marzo de 2015. A continuación se esbozan algunos argumentos para afrontar a las organizaciones ecologistas y justificar el desdén de las personas ante su ferviente defensa de los árboles:

  • Esta primavera no harán mucha falta. Según el pronóstico climatológico, nos esperan dos meses más de tormentas invernales. Con el cielo lluvioso, el aire frío y las calles húmedas cualquiera olvida la necesidad de sombra e ignora datos como que en Guadalajara hay más automóviles que árboles, o que aquí se registran temperaturas entre cinco y ocho grados más altas que en zonas rurales próximas.
  • Ha fracasado el sistema escolar. En mi generación nos cansamos de dibujar, especialmente durante los primeros grados, arbolitos rebosantes de frutos rojos, y nos hartamos de entregar tareas sobre la forma en que la vegetación trabaja para limpiar el entorno, captar agua y regular el clima. Sin embargo, la escuela, después de por lo menos doce años, no termina de aleccionarnos sobre algo tan simple como el papel de los árboles en la absorción de dióxido de carbono y en la producción de oxígeno.
  • Ha fracasado el sentido común. En cada municipio de esta zona metropolitana existe una dirección llamada Parques y Jardines, con mayor vocación peluqueril que botánica: nacida para la poda, ningún follaje denso se le resiste. Su campo de trabajo: áreas verdes donde predomina el color café y brotan como hongos envases de plástico. Qué le vamos a hacer: no le pidieron a uno permiso para nombrar las ocurrencias de este circo desquiciado.
  • Queremos caminar por calles limpias. Muchas personas han desaparecido los árboles del frente de sus casas para evitar la basura que producen: hojas, ramas, frutos, semillas, flores y otros desechos intolerables. El cochinero cerebral permanece invisible para los vecinos, no así nuestro pedazo de calle.
  • La ciudad se mueve en carro. Para no naufragar en el flujo caótico de esta urbe, resulta conveniente conseguir un transporte motorizado, y un automovilista se lleva el techo consigo. Al volante puede comprenderse que se borre de la memoria aquella época, aquel momento, en que como gente de a pie, bajo el sol de mayo, hubo que alinearse a la sombra de un poste con precisión de equilibrista.
  • No son un tema interesante. En una sociedad donde la moda, el dinero y las pantallas de alta resolución juegan un papel protagónico, difícilmente la respiración y sus ingredientes invisibles figuran como tema de conversación. A pocos les importa que los fresnos purifiquen el aire, aunque a muchos les molesta que sus raíces rompan el pavimento.
  • La decadencia vive en el futuro. Parece que todo Hollywood se ha puesto de acuerdo en que el mañana viene oscuro y a los espectadores nos queda clarísimo que así será. En el cine abundan ejemplos de obras distópicas y en casi todas las que conozco los días del porvenir son ricos en tecnología y escasos en naturaleza. Mientras en Mundo acuático un trozo de papel se guarda como un tesoro, en Wall-E una plantita se cuida como a la última esperanza, los personajes de Matrix viven enchufados a una computadora en una tierra devastada y en uno de los capítulos futuristas de Los Simpson –aquel cuando Lisa se enamora en la universidad– la vegetación es holográfica. Pero el futuro no ha llegado: todavía nos queda la mitad del Amazonas. Vivamos el presente mientras dure, que tenemos derecho y aire acondicionado.

* Juan Felipe Cobián es académico en la Universidad de Guadalajara.

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